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Sabiduría perenne

“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.” Epicteto.

Tenemos un problema con nuestra felicidad, con nuestra paz interior o nuestra serenidad y es el de los deseos. Siempre deseamos lo que nos hace infeliz y siempre consiste en desear lo que no podemos, lo que escapa a la ley de la naturaleza. No se trata de resignarse, sino de agradecer, amar incondicionalmente lo que se es y se posee. Sin apegos, por tanto. No podemos pretender que las cosas ocurran como uno desea, uno tiene que abandonar ese deseo porque no es más que un apego de tu yo a lo que tú egoístamente quieres.

Y lo que quieres no es tu bien, ni tu paz, ni tu serenidad, sino un placer particular para tu pequeño yo. Eliminaríamos mucho sufrimiento si no pretendemos satisfacer a ese pequeño yo. Porque cuando deseamos que las cosas ocurran como nosotros queremos, generalmente, como nuestro deseo es meramente egoísta, pues las cosas ocurrirán como tengan que ocurrir, sin contar para nada con mi intención egoísta. Y, claro, esto me producirá un tremendo dolor. Dolor que procede de mi apego a lo deseado, porque yo me imagino poseedor de aquello, o aquella situación que deseo.

 

Pero yo, mi yo particular, no posee nada, no puede imponerle la voluntad al universo. Ahora bien, sí hay una forma de fluir junto al universo y es, en lugar de estar sometidos al apego, pues soltar ese apego, dejarlo ir, aceptar el mundo tal y como es y a uno mismo como es. Cuidado con la aceptación, que no es lo mismo que la resignación. En la resignación hay insatisfacción, no te gustan las cosas como son, pero te aguantas. Ahí existe dolor, sufrimiento y se puede transformar en rencor y hasta en resentimiento y odio. Pero la aceptación es una actitud abierta y constructiva, acepto lo que se me ofrece como un regalo del universo y lo agradezco. Quiero las cosas tal y como son y, a partir de estas circunstancias construyo el mundo desde el agradecimiento y la compasión. Hay que soltar el deseo y el apego porque nos producen ira, odio y rencor.  Y, sobre todo nos impulsa a juzgar y culpabilizar. Y hay que sustituirlo por la aceptación y el agradecimiento. Insisto, no piensen que la aceptación y el agradecimiento son, meramente, una actitud contemplativa, que lo son, pero no sólo, sino que están abiertas a la acción y la creatividad. La aceptación y el deseo (agradecimiento) de que las cosas sean como son nos lleva hacia la felicidad. Son un camino a la felicidad. El deseo de lo que no puede ser es una puerta a la desgracia, la infelicidad, el sufrimiento, la ira y la soledad. En definitiva, es la escisión frente a la unidad. El infierno frente al cielo.

Los estoicos eran personas muy alegres y lo son. Su meta es, precisamente, la alegría de vivir. En ello consiste para ellos la felicidad. Disfrutan de la vida y de los bienes que ésta les ofrece, pero no se apegan a ninguno. Saben que nada les pertenece, que lo que tienen hoy lo pueden perder mañana, que todo es transitorio. Y de ahí surge su doctrina de la apatía, sin pasión, sin deseo. Se pueden tener bienes, pero no codiciarlos, porque lo único que importa y lo único que se tiene es el Ser. El tener es ajeno al ser, es más, el tener si se transforma en nuestro Ser, que es, por otro lado, lo que puede y suele pasar, pues nos distorsionamos. Empezamos a vivir inauténticamente. Dirigimos nuestra voluntad y nuestra atención a lo que tenemos y no a lo que somos.

En el saber popular se ha confundido al estoico con el hombre de piedra e insensible, nada más lejos de la verdad. El sentimiento profundo del estoico es la alegría de vivir, el agradecimiento. Eso sí, cuando ya nada merece la pena, los estoicos eran unos firmes defensores del suicidio, más bien, la eutanasia, porque ese estado sólo suele sobrevenir en la vejez y una vez alcanzada la sabiduría, con el desapego, el no deseo de la propia vida. Este desapego coincide con el no temer a nada, ni a la misma muerte o desaparición. Porque los estoicos no pensaban que existiese una inmortalidad del alma, pensaban que todo es materia, que nada desaparece, pero nuestra alma, el aliento vital, se diluye en el universo en nuestra postrera exhalación.

“Acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo, demuestra que la educación ha comenzado.” Epicteto.
Lo normal en nuestras vidas es acusar al otro, a las instituciones y a las leyes de nuestros males. No soportamos nuestra responsabilidad, de modo que lo que hacemos es culpabilizar al otro o lo otro. De esa manera alcanzamos una falsa tranquilidad. Pero, lo peor de todo, es que no resolvemos ninguno de nuestros problemas, porque resulta que nuestros males nos pertenecen. A lo mejor no son ni tan malos y todo depende de un error de percepción, o, incluso los puedo transmutar, con mi esfuerzo, en bienes para el futuro. En todo caso, me pueden servir para educarme y ayudarme a crecer y para aceptarme y aceptar al universo del que formo parte y al que no me puedo enfrentar.

Culpabilizar a los demás y a lo demás es un signo de inmadurez, es esconder la cabeza debajo del ala. Todo ello lo que genera es, además de dejar el problema al descubierto,  ira, rencor y resentimiento. La culpa hacia los demás hace crecer el vicio en nuestro interior. Por eso culpabilizar, no es que no resuelva nuestros problemas, sino que nos empobrece. Es necesario ser valientes y atreverse a ser responsables de nuestros propios males y miserias. De lo que se trata es de conocerse uno a sí mismo, de atreverse a mirar dentro y ver nuestros vicios: el rencor, la envidia, la ira, el odio, la vergüenza y hacerse cargo de ellos. Son nuestros y, lo primero que tenemos que hacer es aceptarlos como tales, no podemos ni tirar balones fuera culpabilizando al mundo de nuestros males, ni podemos autoculparnos. Tampoco somos culpables de nada, pero sí es nuestra responsabilidad. No somos culpables, porque no hay ni pecado, ni mal; ahora bien, sí hay sufrimiento, dolor, tristeza, envidia, celos y todo ello es algo que me pertenece y de lo que me puedo hacer cargo. Y ello es un acto de libertad y de tomar mi propio poder. Porque la libertad es tener el poder sobre sí mismo, ser dueño de tus emociones y pensamientos, que, por otro lado, son inseparables. Por ello, el principio de nuestra educación, de nuestra libertad es autoconocernos y, con ello, ser responsable de lo que consideramos nuestras desgracias. Esta primera mirada nos descubrirá que no son tan desgracias como nos parecía, que si las miramos desde nuestra propia perspectiva, desde nuestro yo profundo y desde la aceptación, forman parte de mí, me constituyen y sirven para transformarme, para ser libre y virtuoso. Pero, para ello hace falta valentía, que es la que nos encaminará hacia el primer paso en senda de la sabiduría.

“El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.” Epicuro.

Nos afanamos en acaparar, nos afanamos en poseer, estamos cegados por la riqueza. Por la posesión de lo de afuera. Tan ciegos que no somos capaces de ver lo que ya tenemos. Y ello nos lleva a un vicio claro, el de la codicia. Pero la codicia no tiene fin y nos convierte en esclavos. El que posee y pone su ser en lo que posee, nunca está satisfecho. Es la inexorable dinámica del deseo. Pero frente a la codicia tenemos la poco practicada virtud del agradecimiento. Sólo se trata de cambiar nuestra mirada. En lugar de mirar hacia el tener, deberíamos mirar hacia nuestro ser y agradecer todo lo que somos y los seres que nos acompañan. Y en esto consiste nuestra alegría permanente, porque, en definitiva, sólo poseemos lo que somos, nuestra propia vida y es eso lo que nos lleva a la alegría de vivir. Por eso es necesario el cultivo de aquello que aumenta nuestro ser, como es la ciencia, el arte, la contemplación, la amistad y tener satisfechas las necesidades primarias, los placeres naturales y necesarios para la vida. No se trata de acaparar, porque todo se nos va de las manos, sino de ser en lo que se tiene. Y saber que la vida es muy placentera con muy poco. Que un atardecer no tiene precio, que hablar con un amigo, ni se compra ni se vende, que contemplar una obra de arte te lleva a lo inefable, que entender una teoría del cosmos te lleva a identificarte con la unidad que eres con él. Que cuando tienes hambre algo de comer te proporciona un inmenso placer, mucho más que el más exquisito de los banquetes.

Pero nuestra sociedad de la opulencia, el consumo, la riqueza, la competencia, el tener sobre el ser, nos arrastra. Pero no sirve el decir que es culpa de la sociedad, del sistema capitalista. Todos somos dueños de nuestras emociones y pensamientos. Si nos conocemos a nosotros mismos, si hacemos ese viaje hacia nuestro interior que nos proponía el viejo Sócrates, descubriremos que nuestras ideas no son más que creencias y prejuicios que nos inducen a actuar tal y como lo hacemos. Que nuestros deseos obedecen a la maquinaria de un sistema perverso al que pertenecemos. Pero ese autoconocimiento es la piedra angular sobre la que se tiene que alzar nuestra voluntad, nuestra libertad. Somos nosotros los dueños de lo que podemos desear, si es que queremos ser libres y no dejarnos arrastrar por la pereza y la suavidad adormecedora de la corriente de la mayoría
Pero es que resulta que el grave problema que padecemos hoy en día, un problema definitivo, el ecosocial, es un problema, en el fondo ético y filosófico. Es ético porque depende de nuestro modelo de vida, de nuestras decisiones y responsabilidades, antes que de las decisiones políticas (se trata de que cambiemos nosotros, no de culpabilizar de los males al sistema y los políticos) y es filosófico porque es necesario que tengamos una idea del mundo y de nuestra relación con él, que sustituya a la idea o creencia que el sistema nos ha hecho creer para poder funcionar. Por eso es necesario un cambio en nosotros mismos (nuestras emociones e ideas) si queremos cambiar el mundo. Y es nuestra responsabilidad, porque cada hombre posee en sí mismo a la humanidad y en su obrar está toda la humanidad. El sabio no puede rehuir esta responsabilidad. Y esto es la compasión o el amor incondicional. O, en palabras de Epicteto: “El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y un cobardía ceder el paso a los indignos.”
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La sombra es aquello del pasado que nos acecha porque lo tenemos escondido o no reconocido. Mientras que no saquemos a la luz todo aquello que no reconocemos permaneceremos en la incoherencia, es decir, la enfermedad. La coherencia es la salud. De modo que es necesario sacar a la luz los miedos, las vergüenzas, los rencores…no reconocidos y sentirlos como tales, aceptarlos y poco a poco dejarlos ir. La aceptación no es resignación, sino apertura y el reconocimiento, no es reconocimiento de la culpa, la culpa nos paraliza y nos impide recrearnos, se trata de tomar la responsabilidad, lo cual es tomar nuestro poder y hacernos libres. Cada vez que reconocemos alguna de nuestras emociones pasadas (que actúa en nuestro presente de forma inconsciente), con su correspondiente apego y pensamiento que la justifica como buena y necesaria, la aceptamos y, poco a poco, la dejamos ir, nos hacemos más libres y aumentamos nuestro poder y autoconocimiento, así como nuestra coherencia interna.


“La envidia es el adversario de los más afortunados.” Epicteto.

La envidia es un vicio tremendo, nos corroe por dentro y nos puede llevar al odio del que suele ir acompañado. El odio es el final del camino, la destrucción absoluta del yo. El yo no puede vivir sin aquello a lo que envidia, el objeto de envidia no es lo que posee el otro, sino el mismo otro, por eso nos autodevoramos y llegamos a odiar al sujeto que envidiamos. Pero si alguna vez hemos sufrido la envidia, o la sufrimos, pues nos podemos considerar afortunados. Hay que partir del hecho de que nos conocemos a través de nuestras emociones y que nuestras emociones aparecen para algo, que nos hablan, que nos quieren decir algo. Y, la envidia es una de las emociones que más nos acercan a nosotros mismos. Si el otro es nuestro espejo, la envidia es la mejor manera de mostrar esta relación insana con los demás. Porque por medio de la envidia nos vemos reflejados totalmente en el otro. Queremos ser el otro, envidiamos lo que el otro posee, pero no es eso, envidiamos su ser, que es el nuestro. Y por eso nuestro tormento. Porque cuando envidiamos juzgamos negativamente al otro y lo consideramos como un ser degradado. Pues bien, todos esos juicios que hacemos sobre el otro, son juicios que hacemos sobre nosotros mismos. Sólo tenemos que recordar a alguien al que envidiemos o hayamos envidiado, o pensemos que es un envidioso, para seguir los rastros de nuestros juicios sobre ellos y esos juicios nos llevan, directamente, a nuestro autoconocimiento. Es la mejor oportunidad de conocerse. Pero éste es el primer paso para liberarse de nuestros juicios y la esclavitud de las emociones y ser capaz de no juzgar y que el otro aparezca tal y como es y, de paso, nosotros. Por eso la envidia es un gran adversario, difícil de vencer, en definitiva, es una lucha contra nuestro ego en la que el ego se juega su propia existencia, o el yo, si permanecemos en la envidia. Por eso, por muy deleznable que sea esta emoción o pasión, es afortunado el tenerla porque nos permitirá trascendernos. Vivir más coherentemente. Más sólidamente.

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