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Felicidad

“Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.” Voltaire.

Todo hombre busca la felicidad. Digamos que ese es el fin natural de la existencia. Hacia lo que estamos dirigidos, como diría Aristóteles, nuestro fin propio. Todas nuestras acciones van encaminadas hacia la felicidad. Pero lo que resulta paradójico es que parecemos borrachos tambaleantes que buscan su casa, porque saben que la tienen, pero no saben ni dónde, ni qué camino coger. Y este caminar se hace zigzagueante, cogiendo veredas que no nos llevan a ninguna parte y, sobre todo, en un estado de semiconsciencia.

 

Y eso es lo curioso, que, si nos miramos, estamos viviendo una vida de la que no tenemos consciencia. Y no la tenemos porque no vivimos el aquí y el ahora, el momento presente, porque atendemos al pasado y al futuro. Estamos atrapados entre la angustia y el miedo. Y es esta tenaza emocional la que nos impide sentir el presente, sentir la vida, que uno está vivo con todo lo que hay y que está conectado con todo lo que hay, con todos los seres del universo y con el universo mismo. Y ése es el sentir del instante presente. Y ahí nos olvidamos de todo porque el resto no existe, es pura ficción, es apariencia, un invento para sobrevivir que confundimos con nuestra realidad más profunda. Y es en eso en lo que realmente nos parecemos al borracho, en que somos inconsciente de nuestro propio vivir porque no estamos centrados, no estamos instalados en el propio vivir, en el Ser…estamos existiendo proyectados.

Por otro lado, cuando tomamos ligera consciencia de nuestro estado, pues emprendemos la búsqueda, pero ese estado de búsqueda es un andar perdidos por los caminos. Dándole más importancia al camino que al fin. Porque el fin, la felicidad, está ya ahí, pero nos empeñamos en salir fuera a buscarla. Nunca ha salido de nuestro interior. Al contrario, cada vez la hemos ido ocultando más, coraza tras coraza, engaño tras engaño. Por eso, si queremos recuperar nuestra felicidad hemos de recobrar nuestra inocencia originaria y eliminar todas las capas que recubren nuestro verdadero Ser. En lugar de ir dando bandazos de un lado para otro en una afanosa búsqueda estéril lo único que tenemos que hacer es parar, conectar con nuestro Ser, escuchar nuestro interior y lo que nos une a todo lo demás. No estamos solos, somos un nudo dentro del tejido del universo, contenido en el universo y que en sí reproduce a todo el universo.

 

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas.” Aristóteles.

La amistad es superior a la misma virtud, es más se da entre hombres virtuosos. Hay muchas clases de amistad, pero la amistad superior es la que no tiene ningún interés y, por ello, sólo puede darse entre seres que han alcanzado la virtud, que no tienen ningún interés. No hay ningún apego en esa amistad, podría ser, como no ser y todo está bien. Pero el hecho de que la amistad se dé ya es una profunda alegría, un agradecimiento al ser del que se es amigo. Por eso la amistad es algo que se da en el medio de dos. Es algo compartido, pero no dividido. De ahí eso que diga tan bellamente Aristóteles de un corazón que habita en dos almas. La amistad es el mismo corazón, el mismo sentimiento que, en el fondo, es la gratitud, y se encuentra en dos almas, dos seres que lo comparten íntegramente. Porque el amor incondicional, la amistad de la que nos habla Aristóteles, no se divide, puesto que no hay interés, sino que se multiplica. La amistad solo puede crecer y nada la puede hacer desaparecer siempre que hablemos de seres virtuosos, sin intereses propios, desinteresados. Lo que decimos ahora, sin apegos, sin un ego que alimentar, al contrario, con un alma que desborda alegría, paz, serenidad y felicidad. Por eso la amistad es la misma alma para dos cuerpos. Cuando tenemos la suerte de participar de una amistad de este calibre, en primer lugar es porque hemos alcanzado la incondicionalidad, la gratitud y, en segundo lugar, porque ambos cuerpos existen en el mismo nivel de pensamientos y sentimientos.

 

“Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.” Aristóteles.

Por muy difícil que parezca luchar contra aquel a que consideras tu enemigo, mucho más difícil es luchar contra ti mismo, contra la materialización de tu ego: tus deseos. En tus deseos te proyectas y contra ellos es difícil vencer porque vencer tus deseos es ser capaz de vencerte a ti mismo y vencerte a ti mismo es anular tu ego, deshacerte de él. Eliminar el apego. Porque los deseos no son más que apegos, afirmaciones del ego, construcciones mentales a través de las que el ego sobrevive y a partir de las cuales damos sentido al mundo. Sin ellos no entendemos el mundo. Ahora bien, resulta que todo deseo es una ficción, una atadura, una esclavitud. Siempre que el deseo sea una pasión en el sentido de Spinoza de una idea inadecuada. Porque también están los afectos que son una expresión de la perpetuación de nuestro Ser, como son la alegría, o la paz,…en tal caso no se trata de eliminarlos, sino de favorecer las condiciones de vida para que se den. Y la mejor manera de favorecer las condiciones para que se den es que no se den los afectos o emociones que nos esclavizan, aquellas que reafirman el ego.

Por otro lado, el enemigo también es una proyección nuestra. No existe como tal, es un espejo de lo que somos. Por eso vencemos al enemigo imaginario, no al que lo es de verdad. El que lo es de verdad, aunque parezca una paradoja, es el que es fiel reflejo de nosotros mismos. Por eso, ese enemigo es nuestro mejor maestro porque es el que nos ha ayudado a reconocernos en él y es la vía de acceso a nosotros mismos. En ambos casos, que se reducen al mismo, vencer al ego, se requiere de valor. Nada se consigue sin el valor suficiente. Pero el valor, a su vez, parte de un reconocimiento: saber que todo impedimento no es más que una falsa creencia. Creemos que no podemos, que no tenemos derecho a la paz, que la ira es connatural al hombre, que la venganza es lo lícito y el camino más corto y efectivo, que es absurdo y de “tontos” no vengarse, creemos, contra el mensaje socrático, que es mejor cometer una injusticia que padecerla, creemos que es mejor luchar, que “luchar” por la paz, obedecer, que desobedecer pacíficamente ante la injusticia. Estamos llenos de programas o creencias aprendidas desde el inicio de los tiempos para acá. Por eso se nos dijo, “conócete a ti mismo” y “llega a ser el que eres”. Y lo que realmente somos, nuestro Ser, está oculto bajo la coraza de las creencias y supersticiones que nos impiden ser quienes realmente somos y ser libres deshaciéndonos de aquello que nos hace prisioneros de lo que creemos y pensamos como autómatas. Para vencernos a nosotros mismos y ser libres es necesario conocerse a sí mismo y ello significa, desaprender. Y eso es lo que señala Nietzsche con la transformación del camello en león (destruir) en niño (crear, el artista.) Y todo ello requiere de la virtud, de la fuerza, el valor.

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