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Ser lo que se es y no lo que se trata de ser

“No es tarea fácil observar algo pasivamente. No obstante, al comprender eso, uno también empieza a comprender la naturaleza de sus propios pensamientos y sentimientos; y cuando uno se da plena cuenta de todo el significado, de la contradicción en uno mismo se produce un cambio extraordinario, entonces uno es “lo que es” y  no al que “trata” de ser, uno deja de seguir un ideal y buscar la felicidad uno es “lo que es” y a partir de ahí prosigue. En ese momento termina toda contradicción.” Krishnamurti.

 

Nos empeñamos en llegar a ser, pero no hay que salir del ser. Nuestro ser se nos da en nuestro propio quehacer. Todo lo que sea buscar una meta, una realización personal, ya sea por la vía espiritual, religiosa, política, social, no es más que una huida de uno mismo, no es más que crearse un caparazón que, en el fondo, encierra un vacío. No hay verdad ahí fuera. No hay realización, salvo el propio ser. El propio ser que está siendo, el aquí y el ahora. El ser en el mundo, el existir. Todo intento de trascender en busca de la calma, la paz, la serenidad, es un intento baladí, no nos lleva más que a la dualidad, a la escisión, a la tensión interior, a la insatisfacción continua. La cuestión es aceptar nuestro propio ser, no hay otra opción. Pero la aceptación, como hemos señalado tantas veces, no es resignación. Es amor incondicional hacia uno mismo, tampoco es el típico pensamiento de la psicología positiva que nos cuenta la milonga de que todo es de color de rosas, no. Es el realismo. Aceptar nuestra realidad y alegrarnos con ella y, de esa forma, alcanzamos el desapego. Porque, o bien, estamos apegados positivamente, a lo que creemos ser en cuestión de virtud, o, negativamente, a aquello que no queremos ser, que no nos gusta de nosotros. La aceptación es el desapego. El nada importa del taoísmo. Toda importancia, o no, depende únicamente de nosotros. Todo depende de nuestro juicio, por tanto, lo primero, no juzgarnos, no separarnos de nuestro existir, no existe el yo y lo que hago, hay lo que hago, el existir. Lo demás es dualidad, sufrimiento, proyección en el tiempo, en el deber ser, en el tratar de ser… Es este único pensamiento el que tenemos que aplicar continuamente, que no es un pensamiento, es una actitud, un sentimiento, la ataraxia, la apatía, la budeidad, el nirvana, la calma, la serenidad. Todo viene a señalar lo mismo. El camino no existe, no hay ni caminos, ni maestros. Todo está dentro de uno mismo y de los demás, porque uno es los demás y los demás son uno mismo. Es el conocimiento de uno mismo a través de los demás y de los demás a través de uno mismo. Si llegamos a este conocimiento veremos que todos somos Uno, somos iguales. Por eso tampoco hay iluminación, la iluminación está ahí, pero no la vemos, la ocultamos con el juicio produciendo la escisión y la dualidad. La iluminación es la plena aceptación y el total desapego. Y, para ello, no hay camino, simplemente, estar.

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