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Comprender

"Comprender a los demás es sabiduría, comprenderse a sí mismo es iluminación.” Lao Tze

 

Se pueden distinguir muchos niveles de conocimiento o tipos de conocimiento. Si nos limitamos a las relaciones con los demás y a aquel conocimiento que procede de lo experienciable, es decir, no de las ciencias, sino de la comprensión, no del entendimiento, pues podemos distinguir estos dos niveles que nos dice el filósofo chino autor del Tao te King: la sabiduría y la iluminación.

La sabiduría no es algo mensurable, eso pertenece al conocimiento y a la información. La sabiduría conlleva, además del conocimiento una actitud, una virtud. Por eso el conocimiento de los demás, al que se refiere el filósofo padre del taoísmo, no es el de un objeto, no es científico, ese es el error de occidente, la reducción al mecanicismo racionalista. No es que no haya un conocimiento racional de las cosas y que no sea necesario un conocimiento de los objetos en tanto que objetos mensurables por la razón científica, pero no sólo son eso, y menos si hablamos de personas. Por eso, el conocimiento de los demás, si es un conocimiento completo, no es estrictamente conocimiento, sino sabiduría. Y es comprender al otro. Pero, claro, la comprensión del otro, no es tampoco, sólo, la del entendimiento de sus argumentos, sino la de sentir lo que el otro siente. Es decir, ser capaz de ponerse en su lugar. Ser capaz de considerarlo otro yo. Es decir, la sabiduría implica la virtud del respeto máximo y de la tolerancia. Y eso implica la aceptación. No comprendemos al otro cuando lo criticamos, cuando creemos que hay que vivir de otra manera, cuando lo aconsejamos, cuando lo juzgamos, eso es no ponerse en su lugar, es no calzarse sus zapatos. Para eso hace falta soltar nuestro yo y meternos en el del otro. Hay que asumir que tú eres yo o yo soy tú. Y eso implica una actitud sumamente virtuosa. Por eso hablamos de sabiduría, no de un mero conocimiento de objetos, sino de vivenciar lo experienciable del otro. Esa es la cuestión. Por eso el sabio guarda silencio, no juzga, no impone, deja ser. Es la no acción, que, paradójicamente, es acción, porque es dejar que las cosas sean como son. Pero esto es inmensamente difícil, porque siempre los demás tropiezan con nuestro ego, o a la inversa, que es lo mismo, e imponemos nuestra visión del mundo, nuestros valores, nuestros juicios. Siempre, desde la autoridad moral superior, desde la razón absoluta, la verdad y, si se nos lleva la contraria, desde la cólera, el enfado y, en última instancia, el miedo. Porque lo que tenemos es miedo y de ahí surgen todos nuestros juicios. Y es el miedo el que nos impide ponernos en el lugar del otro. El miedo a que el otro nos quite nuestro yo, porque nuestro yo lo que hace es protegerse. Pero, claro, esto produce el enfrentamiento. Por eso el hombre ha estado siempre en guerra contra el hombre. Y no me refiero a las grandes guerras, los genocidios, sino a nuestra vida diaria: juzgamos, nos enfadamos, criticamos y le decimos al otro cómo deben ser las cosas y qué debe hacer, pensando que nuestros criterios son universales. Y, en el fondo es el miedo al otro, que nos pone en evidencia, y pone en cuestión todo nuestro andamiaje egoico, el que nos mueve al consejo, la crítica, el juicio. El principio del taoísmo, como lo es el del estoicismo, es la no acción. Dejar que las cosas sean como son, dejar que se manifiesten. Abandonarse y aceptar. Porque, otra cosa, toda guerra con el otro, no es más que una guerra que libramos con nosotros mismos y proyectamos en el otro y que, de antemano, tenemos perdida. El miedo, fundamento del ego, si no somos capaces de soltarlo, siempre gana. Por otro lado, comprender al otro en este sentido, es decir, saber que el otro es otro yo, que el yo del otro y el mío son el mismo es dar el paso hacia la compasión universal. Es la eliminación de la dualidad. Y que no se da, salvo si se produce el cambio en nosotros mismos. Por eso comprender al otro es sabiduría. Pero, esa sabiduría surge de la iluminación, del despertar, (comprenderse a sí mismo) porque el despertar no es ni más ni menos que darse cuenta de que uno es uno con el todo, o que no hay un uno, que eso es Matrix, las apariencias, el fondo de la caverna, que el ego es un conjunto de máscaras que nos hemos ido construyendo y que sirven para protegernos de una supuesta herida. Y esa herida es la escisión con lo otro, lo demás y los demás. Pero si comprendo, siento, vivo, que soy uno he alcanzado el despertar. No es que mi conciencia individual desaparezca, sino que soy consciente de mi consciencia individual, así como lo soy del tiempo y, por ello, vivo en la eternidad y ya el futuro no me puede angustiar porque está dado de una vez. Por eso, Francisco de Asis, decía “hermano lobo, hermana luna…” Todos somos Uno, somos lo mismo. Eso es el despertar. En definitiva, el desapego de todo, pero para que se pueda dar el desapego hemos de desprendernos del ego. Es decir, yo no soy un yo, ni este yo. El ego es el asiento del apego a todo lo demás y estamos apegados al ego que existe mientras tenga deseos y miedos. Y, más allá, está lo inefable.

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