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La felicidad y sus mercaderes

“Conócete a ti mismo y conocerás todas las cosas y a los demás”. Templo de Delfos.
Es universalmente asumido que el objetivo del hombre en la vida es la felicidad. Pero hoy en día estamos enfermos de felicidad o pseudofelicidad. Y esta falsa felicidad es el modelo social que el psicopoder nos impone y a través del cual nos esclaviza. se trata de buscar la felicidad fuera de uno mismo, en realidad, lo que ha sucedido es que ya no hay un sí mismo, todo es superficie, o todo se ha vuelto líquido como nos decía el sabio Bauman.

Pero hoy en día todo es mercado y el hombre no iba a ser menos. Y si el fin propio del hombre, como dice Aristóteles, es ser feliz, pues resulta que también la felicidad está dentro del mercado. La felicidad es algo que podemos comprar y vender. Pero, como podrán imaginar, esto no es la felicidad, ni mucho menos, es un bienestar pasajero, un olvido de sí mismo, puro divertimento. Por eso proliferan todo tipo de terapias, de libros y metodologías de autoayuda. El hombre vive en un nihilismo provocado por la forma social en la que vive. Es su ser social el que condiciona su conciencia, que diría Marx. Por eso su consciencia es una conciencia vacía, llena de rápidez para rellenar el hueco, ajena a la capacidad de estar solo, sin contenido o con un contenido oculto y negado.

Hoy todo el mundo tiene que ser feliz obligatoriamente, tiene que ser productivo, hay que amplificar sus beneficios. No nos podemos permitir el lujo de la enfermedad de las llamadas emociones negativas y proliferan los coaching emocionales, los gestores de la emoción y de la inteligencia emocional. Todos estos son los vendedores de felicidad o, más bien, de humo. De lo que se trata es de que el individuo esté bien ajustado al sistema. Que no haya ni malestar, ni protesta. Todo se entiende desde la perspectiva de la anormalidad y la enfermedad. De esta manera el Poder está a salvo de las críticas y de la rebelión. El ciudadano-vasallo está distraído con el consumo, el cuidado físico y ahora el cuidado de su “alma”, sus emociones. En definitiva, el ciudadano es un vasallo, un esclavo que obedece consignas. No nos podemos consentir la tristeza, ni la angustia, ni la melancolía, que son emociones que nos avisan de algo que nos ocurre que nos permiten autoconocernos y hacer un viaje a nuestro interior, resolver nuestros problemas, enfrentarnos con nuestra realidad para reconstruirla y transformarla, para renacer, que ese es el sentido del Renacimiento, nacer desde los orígenes de nuestro Ser. Pero no se nos permite este viaje, se nos dice que estamos enfermos, que el dolor y el sufrimiento en realidad no existen, que son emociones negativas que deben desaparecer y sale el psiquiatra y nos administra una pastilla o el coaching y se convierte en nuestro entrenador emocional que nos ayuda a que “gestionemos” nuestras emociones. Que yo sepa se gestionan los bienes, las propiedades, las cosas, no lo que yo soy o como yo estoy. Pero el lenguaje de la economía lo invade todo en una sociedad del mercado.

La felicidad, por el contrario, habita en nuestro interior, es nuestro Ser, pero Éste lo tenemos olvidado bajo montañas de escombros en formo de deseos compulsivos, de tener, de proyectarse y producir. Es necesaria la introspección y reencontrarnos. Pararnos en seco y sentirnos Ser. Basta con respirar y sentir nuestra respiración, el movimiento y fluir de nuestro cuerpo, todas las sensaciones que tenemos, aceptar nuestras emociones o afectos, transmutarlas como un alquimista, trascenderlas, bucear en ellas, observarlas desde nuestra Consciencia, porque nuestros pensamientos y emociones constituyen nuestra mente y es la mente la que nos esclaviza por el mecanismo del deseo. Pero somos más que la mente, somos la Consciencia que observa los pensamientos y las emociones y en esa observación nos descubrimos y nos conocemos. Seguimos en el viaje socrático, nunca debimos salir de él, por eso Agustín de Hipona nos dice, “Dentro de ti habita la verdad” y, por eso en el evangelio se dice “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, pero este yo soy es cada uno de nosotros, porque también se nos dice, no se va al Padre sino a través de mí. Es decir, recorrer el camino de vuelta hacia nuestro Ser requiere reconocernos, interiorizarnos para vernos en el otro y la Otredad, pero vernos como la Unidad.

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