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“Hágase tu voluntad y venga a nosotros tu reino”

Por suerte he estado leyendo una joya de la literatura universal y un clásico de la mística cristiana, se trata del renombrado Maestro Eckhar, sus Sermones, uno de los mayores místicos de la cristiandad. Es increíble la altura de su pensamiento y cómo se alza por encima de la dogmática teológica enclenque y caciquil, siempre sabiendo rodear los peligros de una posible inquisición. El pensamiento místico en occidente, aunque ha sido fructífero, ha sido minoritario. Hay muchas razones para ello.

 

El caso es que la religión cristiana, tras establecerse como religión oficial del imperio romano, allá por el siglo IV, se hizo totalitaria, dogmática y fanática. Además hubo muchas interpretaciones y cismas en los primeros siglos, muchas corrientes y visiones de Jesús, pero interesaba forjar una dogmática única y universal y ése fue el papel que jugó el Concilio de Nicea allá por el 356. Y venció la visión más vulgar y literalista del cristianismo y todos los textos, excepto unos pocos elegidos, pasaron a ser los oficiales, el resto, junto con todas las escuelas filosóficas y las religiones paganas, con las que el cristianismo se había mezclado y crecido y sin las cuáles no podemos entender esta religión, pues fueron prohibidos, sus templos y escuelas quemadas y sobre sus piedras se levantaron las iglesias cristianas.

Pues bien, no es esto de lo que voy a hablar, sino del significado de esta frase de la oración principal del cristianismo y con la que me he topado en uno de los sermones del gran místico. Ni que decir tiene que su sabiduría está dentro de la filosofía perenne, aquella que aparece en todas las filosofías y religiones como un tronco común. Y uno de esos pilares es el pensamiento no dual. Es decir, la eliminación de la escisión en el hombre debido a un error en su pensamiento, la realidad no es dual, sino Una. Ya lo dijo Heráclito: “El mundo es la armonía de los contrarios” y lo vemos claro en el Taoísmo, el Tao es todo y nada, la complementariedad. Y Trimegisto: lo mismo es arriba que abajo y así podríamos seguir indefinidamente. El caso es que el pensamiento dual es el pensamiento de la escisión y del sufrimiento. Porque todo lo que sea escisión es error y en el error, en la ignorancia, se encuentra el mal y el mal para el hombre es sufrir y lo expresamos por el juicio. Juzgamos porque sufrimos, porque no soportamos nuestra realidad. Más bien, no soportamos nuestro ego, ese pequeño yo aparente que se cree el dueño de la casa. Lo que llamamos comúnmente la mente. La no dualidad es la comprensión de nuestra Unidad Divina, de que somos uno con una manifestación de la única realidad existente, el Ser, o Dios, o el Tao,… Pero, claro, cómo volvemos a restaurar esa unidad perdida. Pues en la oración, la única, que Jesús dio a sus discípulos está la clave. En nuestra oración, de corazón, no rutinaria, o de ritual, pedimos a Dios, el Universo, lo que Hay,… que él sea nuestra voluntad y que suyo sea nuestro reino, o que su reino ocupe nuestro Ser. Es decir, que pedimos que Dios, una chispa de divinidad, ocupe nuestro Yo. Ahora bien, para eso es necesario vaciar ese yo de todo lo que contiene y, para conseguir esto lo primero es no juzgar, como bien dice el evangelio, vemos la paja en ojo ajeno y no vemos la viga en el propio. Y no se trata de un mero reprimir, como lo entiende el cristiano, sino de un acto de fe, de una manera de estar en el mundo, la cual, por supuesto, requiere de una gran dosis de silencio. Juzgamos continuamente porque es la manera que nuestro ego tiene de reafirmar su existencia, que en realidad es aparente, es una construcción. En la medida en la que dejamos de juzgar, nuestro yo se empieza a disolver (y entonces empieza el miedo y el vértigo ante el abismo, porque el ego se resiste a morir), porque, para empezar ya no hay objetos frente a mí, sino que los objetos forman parte de mí, de todo lo que hay, se rompe la escisión y al desaparecer ésta, no tiene sentido el ego, que sólo lo tiene si hay enfrentamiento. En la medida que no lo haya el yo carece de lugar, entonces queda vacío, aún más, él mismo se disuelve. Ese lugar es el que pedimos que sea ocupado por el reino de dios. Por eso se nos dice que el reino de dios habita dentro de nosotros. Y así es, toda criatura es una manifestación particular del Ser, de Dios, nosotros, también, pero nosotros hemos perdido la consciencia de nuestra divinidad, eso es la escisión, el pecado o el sufrimiento. El reino de dios aparece en nuestro Ser, en la medida en la que el yo es vaciado de su contenido y entonces aparece el Yo, que es el Ser divino que somos. Y desaparece la escisión. Y, a la par, rogamos que la voluntad divina sea nuestra voluntad. La Voluntad de Dios, es la ley del universo, y es ésta, como dijeran los estoicos, la que debemos seguir, nuestra voluntad es particular y egoísta. Se enfrenta al mundo, en cambio, la Voluntad divina, es el mundo. Y es ésta voluntad la que reclamamos, no como un algo o un objeto, esto sería dualismo, sino como manifestación en nuestro Ser. Si seguimos la Voluntad de Dios entonces fluimos con el Universo, ya no hay preocupación ni angustia. Estamos instalados en el Ser, lo que nos queda es el gozo inmediato del aquí y el ahora, en definitiva, la libertad. Porque la libertad se encuentra en nuestro Ser divino, no en el mero decidir egoíco del yo particular. Ésta es una libertad menor y aparente. Lo que si tenemos es la libertad de dar el paso hacia esa unión mística con Dios, o la Naturaleza, renunciar al egoísmo y proclamar la fraternidad con todos los seres, no solo con los otros hombres, sino con todo el universo y, en especial, con nuestro planeta que es nuestra única casa y el único lugar que tenemos para vivir y que estamos demoliendo. Pero esa libertad, como ya hemos apuntado otras veces, requiere de coraje, de valor. Sin valentía no hay libertad ni salto de una conciencia egoíca a una conciencia desde la Unidad o la Fraternidad. Y solo entonces alcanzaremos la Paz. Porque recordemos las palabras finales de la Eucaristía, “pueden ir en Paz”, pero sólo podemos ir en Paz si el Reino de Dios habita en nosotros y somos una expresión de su Voluntad.   

Los textos sesgados que nos ha dejado el cristianismo están inevitablemente llenos de sabiduría gnóstica, de filosofía perenne, pero hay muchos escombros sobre ellos, es necesario saber leerlos y, para empezar, romper con el ritual de la oración y sentirla desde la contemplación.

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