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La noche oscura del alma

Quizás parezca que este asunto de la Iluminación, el Despertar, sea algo similar a esa vida de la que nos hablan los psicólogos positivos, un canto de sirenas. Pues, no. Tras el Despertar todo sigue igual, la montaña sigue siendo montaña, el vecino, es el vecino, pero todo, transformado.

 

Pero ocurre una cosa importante, ya no es el yo particular el que percibe, sino el Yo Universal, ese que tiene el Logos o el Ser como lo común. Entonces ya no hay interés, ni condicionamiento, lo que hay es una libertad interna total. En este estado de consciencia no hay escisión entre el yo y el tú, porque tú eres yo, ni entre el yo y la naturaleza, el Yo es todos los seres. Es la consciencia, la presencia. Pero esto no es algo que esté en el pensamiento, que podamos pensar. Pensar, pensamos objetos, y nos sirve para hacer ciencia, es el fenómeno, o lo fenoménico lo que conocemos. El noúmeno nos queda más lejos, es la realidad en sí, pero ésta ni se percibe, ni se entiende, se comprende, se intuye, se siente y se vive, pero, todo ello, no es el yo particular, que es un construcción, una adaptación para vivir en el mundo de las cosas, pero, no es lo real, es fenoménico. Lo real es el Yo Soy. Y éste es universal. Y percibe, como decía Spinoza, desde la eternidad.

Pero, claro, no se llega a este estado así por las buenas. El Despertar, la Iluminación, puede ser brusca, súbita, pero detrás de ella hay todo un recorrido que es el que en última instancia te lleva al comprender radical. Y ese recorrido es la noche oscura del alma que puede ser, más o menos tormentosa, que puede durar días, como toda la vida. Y en este proceso vivimos, como en dos mundos, el de la cotidianidad, con nuestro pequeño yo, y el de la realidad, percibiendo y sintiendo La Realidad desde el Yo Soy. Esto crea una gran tensión, en algunas ocasiones se piensa que se está perdiendo el sentido, la cordura, que el mundo no tiene sentido, que es malvado, se sufre, porque no se controlan las emociones que te anclan, por un lado, al ego y, por otro, las que tiran hacia lo más profundo del Ser. Si este estado se puede sobrellevar es fecundo artísticamente, como científicamente. Es un momento de gran creación en el que uno es capaz de proyectar las emociones que le dañan fuera de sí y crea el arte, la literatura, los sistemas filosóficos, las ideas que generan las teorías científicas. Si es una emergencia espiritual, como la llama el psiquiatra Grof, severa, pues puede acabar uno en un centro psiquiátrico, o altamente medicado, o con cualquier adicción, con lo cual, todo el proceso se frena. En esos casos, el sujeto no puede barajar lo que está ocurriendo en su interior, que es un proceso de expansión de la consciencia, pero demasiado rápido y entonces, lo que se produce es una desestructuración de la consciencia: locura. Pero nadie escapa a esa noche oscura del alma, de entre aquellos que, por lo que sea, se asoman a su dimensión espiritual. Dimensión que todos tenemos, pero que no es muy frecuentada. Todos los textos sapienciales nos hablan de ello, de la espiritualidad, pero la hemos olvidado y, hoy en día, bajo el paradigma mecanicista racionalista de la ciencia, estamos aún más dominados y, por ello, más difícil se nos antoja el llegar a nuestra dimensión espiritual.

Pero, por otro lado, ese nihilismo egoico, esas islas egoicas, sin comunicación, solas, deprimidas, insatisfechas, que son los hombres posmodernos, frutos del psicopoder, presentan una propiedad importante. El reduccionismo y aislamiento al que han sido sometidos les lleva a la pregunta filosófica central: ¿quién soy yo? Y ésta es la pregunta que nos lleva a la autorealización, al Despertar. Es la pregunta socrática. La autoindagación intelectual, emocional y espiritual, es un estado de crisis, es lo que llamó San Juan de la Cruz, la noche oscura del alma. Descubrir nuestra identidad y, por tanto, desaprender, desprogramarnos y descondicionarnos, es el conócete a ti mismo socrático y el llegar a ser lo que eres, de Píndaro. No es ningún camino de rosas, es necesario coraje y el ejercicio de la libertad para ejercerlo. Pero una vez que se ha mordido la manzana ya no hay vuelta atrás.

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