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El conocimiento de sí mismo y el descubrimiento de la NADA

“La filosofía es al alma como la medicina al cuerpo”. Platón

La filosofía es una forma de sanación del alma, en realidad, la única, porque todo eso que llamamos religiones orientales tienen a la base una serie de escritos filosóficos-religiosos y son los filósofos, de aquellos lugares, los que han sacado a la luz su sabiduría perenne. Lo que ha sucedido es que en Occidente la filosofía se ha convertido en algo que no tiene nada que ver con lo que el viejo Platón, siguiendo a su maestro Sócrates, nos dijese.

Y, ¿por qué la filosofía cura el alma? Para empezar, curar es cuidado, prevención. Es decir, antes de que exista el mal. Pero, también intervención cuando el mal está instalado. Y cómo opera la filosofía o el pensamiento. Pues indagando en nuestro interior. Por eso Platón, discípulo de Sócrates, sigue manteniendo el conocimiento de uno mismo, ese imperativo: conócete a ti mismo.

El conocimiento de uno mismo es la autoindagación de todo nuestro sistema de creencias, percepciones, sentimientos, emociones, afectos… y de aquello que suponemos que está a la base de todo ello a lo que llamamos yo o ego. El conocerse a sí mismo es poner todo esto entre paréntesis, es decir, dudar. Y, de ahí, cuando dudas te quedas en la nada y es cuando pronuncias aquello, que no es nada retórico, sino absolutamente vivencial e invivible, casi: sólo sé que no sé nada. Es decir, nada de lo que sé tiene una certeza absoluta, ni si quiera el yo que soporta todo lo que sé sobre mí mismo, los demás y el mundo. Toda mi representación no es más que eso, una representación, un tinglado que me he ido montando para ir tirando, para sobrevivir, que no vivir.

El autoconocimiento, pues, nos lleva a la nada, al conocimiento de que no sabemos nada, ni si quiera lo que somos, ni qué somos, ni si somos o no somos, puesto que ya no tengo una representación en la que yo pueda albergar lo que yo sería. No hay un referente, porque no hay seguridad ni de un yo. Estoy en la ignorancia, pero no en la ignorancia absoluta. Ésta es la del que no sabe que no sabe, que es el estado normal del hombre. Da por sentado todo lo que sabe, pero no lo sabe, no son más que creencias, justificaciones, ideas que emergen de distintos lugares y que anidan en nuestro interior como si fuesen nuestras, pero, no. No vienen de nosotros, nos parasitan, porque nosotros nos identificamos, en nuestra ignorancia, con esas ideas, en realidad, el no saber es la trascendencia, el ir más allá de esas ideas.

El ignorante, el hombre común, es el que sobrevive con ese conjunto de ideas, creencias, sentimientos y las acciones que se derivan de ello. Pero, claro, muchas de estas ideas le enferman o están hechas para enfermarle o para dominarle y hacerle pensar que es muy libre. Sobre todo eso, libre de pensar lo que quiera. Cuando, lo primero, para pensar hay que tener valor de autoconocerse y sentir el vacío del no saber. El reconocimiento de la ignorancia que es la Docta Ignorancia.

El autoconocimiento, la autoindagación, nos lleva directamente al vacío. En realidad, es que no podemos saber nada, podemos conocer, que es el conocimiento común y la ciencia, pero saber, no. Al menos a través de las ideas, o del conocimiento. Pero, claro, tenemos ideas que creemos que son el saber. Porque sin ellas veríamos la oscuridad de nuestro no saber. La nada sobre la que estamos flotando, en la que estamos inmersos. En definitiva, la gran ilusión. Por eso el pensar es la actividad de conocerse a sí mismo que es la actividad de autoanálisis de ideas, creencias y sentimientos. Y, ninguna es definitiva, ni aquello sobre lo que se sustenta es, siquiera, y eso es el yo. El yo, lo que se suele llamar ahora el ego, no es más que un haz de percepciones, se diluye en cada percepción, no hay un yo sustancial, una cosa que sea el yo y el soporte de mis ideas, sentimientos y creencias…luego todo se desvanece en la neblina del no saber.

En la vida podemos optar por elegir entre conocernos a nosotros mismos, o seguir representando la farsa. Eso sí, si representamos la farsa lo hacemos sin saber que es una farsa, salvo que hayamos llegado al conocimiento de nuestra vacuidad, o de la imposibilidad del saber o de que el saber que realmente nos importa: quiénes somos, el sentido de la vida, del mundo, de la humanidad, del universo, de mis actos, de la moral, de la política, la educación… es inefable; es decir, cae dentro del ámbito de lo místico, no de lo que se puede decir, sino del conocimiento que sólo se puede vivir. Si elegimos el conocernos a nosotros mismos nos hace falta una dosis de valor casi infinita, porque de lo que se trata es de llegar a ver nuestra nada, nuestro vacío, la ausencia de nuestro ser, nuestra impermanencia.

Pero, cuando hablo de ver, me refiero a vivir con cada molécula que nos constituye. Entonces, si lo resistimos, se nos rebelará el conocimiento, pero no como saber de lo que se puede decir, sino como vivencia, como COMUNIÓN con el SER. Como disolución: VACUIDAD. Y ésta es nuestra liberación porque ya no hay ningún conocimiento, idea, creencia que nos condiciona, ni hay un yo que pueda ser condicionado, pero, cuidado, es nuestra disolución psicológica. Y la psique, el ego, hará todas las artimañas a su alcance para no disolverse. Incluso, narcisismo espiritual, la apariencia de unión mística con todo. Es decir, una inflación de ego. Un superego.

La liberación sólo se da cuando ya no hay nada que liberar. Entonces somos consciencia pura, contemplación. Y, entonces, podemos volver a la actividad de la vida cotidiana; eso sí, tras una gran carcajada que suene a kilómetros de distancia. Y, entonces nos inunda la COMPASIÓN o la FRATERNIDAD con todos los demás seres. No hay fronteras, hemos vuelto al hogar y TODO está bien, pero, todo no está bien, ni es justo, ni bello, ni bueno y, entonces, desde la desidentificación, desde la distancia que da la ironía, la gran carcajada, pues me ocupo, preocupo, cuido, del mundo y de todos los seres del universo.

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