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Apuntes sobre anarquismo espiritual

Un artículo de Juan Pedro Viñuela

“¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente.” H.D. Thoureau.

La democracia, tal y como la conocemos hoy en día, que no lo es, salvo de nombre, no es el mejor de los gobiernos posibles. La democracia se ha burocratizado, por un lado, por otro ha sido absorbida por el poder de los partidos políticos y, por otro, por el poder económico. Y esto conlleva que, la democracia ha dejado al individuo sin la posibilidad de autogobierno o de libertad. En las llamadas democracias modernas el ciudadano es un instrumento, no es un ciudadano. Incluso en las socialdemocracias en las que se ha desarrollado un amplio estado de bienestar, la partitocracia y la burocracia anulan al individuo convirtiéndolo en algo mesurable y sin forma. Confundiendo la igualdad con la equidad. La primera es cuestión matemática y anula la subjetividad, la segunda es cuestión ético-política y conlleva tener en cuenta la diferencia que introduce la subjetividad sin dejar de ser iguales en derechos y oportunidades, e iguales en la construcción de la ley y de las instituciones.

En conclusión, la democracia realmente existente no es tal. Es una forma de totalitarismo encubierta. Y eso sin tener en cuenta la globalidad en la que la injusticia, ricos y pobres abunda por doquier. Vivimos una gran mentira y si no somos sensibles a esa mentira somos marionetas en busca de nuestro narcisista bienestar. Pero, el barco se hunde, aunque nosotros, de momento nos creamos a salvo, pero estamos todos en el mismo barco. O nos armamos con nuestro propio poder, nuestra libertad, o seguimos siendo esclavos y contemplaremos el fin de la civilización anonadados por el opio del narcisismo consumista.

“La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ellos, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia.” H. D. Thoureau

¿Qué es lo que nos mejora?, no es la ley impuesta, la que viene de fuera. Ésta crea la necesidad de la obediencia. Además, esta ley suele ser una ley interesada, puesta por los diversos poderes para beneficiar a un grupo en detrimento de otros o de la mayoría. Esto nos lleva a pensar que las sociedades no se pueden construir desde fuera. Que las instituciones no cambian a los individuos. Que el individuo es tal porque tiene la capacidad de autogobierno, de darse a sí mismo la ley. Ahora bien, el darse a sí mismo la ley ha de conquistarse Uno no se hace mayor de edad de la noche a la mañana. Requiere tiempo, esfuerzo y valor. Todo ello significa que una sociedad de hombres libres, una democracia, por tanto, sólo puede surgir de dentro a fuera, no a la inversa. Si no hay hombres libres no se los puede hacer libres por medio de leyes en nombre de la justicia. Las leyes que emanan de las instituciones deben ser condición de posibilidad de la justicia. Ahora bien, el espíritu de la justicia o surge del hombre o, por el contrario, la corrupción será la nota común de la sociedad, como es el caso hoy en día, por muchas leyes que pueda haber, al contrario, la abundancia de leyes y burocracia favorece la corrupción en todos los estamentos de la sociedad. Dicho en otras palabras. Una sociedad se construye desde la ética, no desde la política. La política sin ética es puro cálculo, interés, pasión, ambición, poder. Ya lo dejó bien claro Maquiavelo. En la política el fin justifica los medios. En la ética, el medio es el fin.

La cuestión es si la condición humana es capaz de alcanzar ese grado de libertad que le lleve a un nivel de autogobierno en el que la corrupción sea mínima.

“La pobreza, como carencia de medios para producir y reproducir la vida con un mínimo de dignidad humana, constituye la herida más dolorosa y sangrienta de toda la historia de la humanidad. Todas las llamadas civilizaciones ‘históricas’ de que tenemos noticia se caracterizan por la penuria y la desigualdad. Este estigma, en lugar de disminuir, se ha agravado cada vez más allí donde rige el modo de producción capitalista de acumulación privada, elitista y excluyente.

La pobreza no es solo un problema de conciencia moral, sino que es fundamentalmente un problema político. Por eso no basta con una condena moral de las situaciones de pobreza, sino que es menester un esfuerzo histórico por superarla mediante una verdadera revolución, tanto del sistema de relaciones entre los hombres como del modo de producción de los bienes necesarios para garantizar la vida de todos. Este es el gran desafío que los pobres lanzan hoy en día a todas las sociedades actuales.” Leonardo Boff. “San Francisco de Asís. Ternura y vigor”. pp 77-79

Aquí nos encontramos con la cuestión ética-política y espiritual entrelazadas. La pobreza es una cuestión política que consiste en el modo institucional que hemos creado de relación entre nosotros y con la naturaleza para obtener los bienes de producción. Y esto siempre lo hemos hecho mal, desde el inicio del neolítico para acá. Todas las civilizaciones han creado penuria, pobreza, desigualdad e injusticia. El colmo es la situación actual en el que el barco en el que estamos todos se hunde, hemos sobreexplotado el planeta que nos ha dado la vida y nos autodestruimos y hemos creado la mayor desigualdad entre ricos y pobres de la historia de la humanidad.

Pero es un problema ético, de conciencia moral. Esto es, de capacidad de pensar en el otro como otro; es decir como persona. Es un problema de fraternidad. De reconocimiento en el otro, no meramente empatía, que es absolutamente necesaria, es el mecanismo psicológico con el que contamos para ser sociales, sino fraternidad, reconocer al otro, como otro yo, como sujeto, como prójimo. Y aquí viene la dimensión espiritual. Uno debe ser como el otro, inspirarse en la pobreza del otro y reconocer que no necesita de nada para Ser. Eso es el desprendimiento, el desasimiento, el desapego. De ahí que en los evangelios se insista tanto en abandonar las riquezas. El desapego de las riquezas es la apertura a la riqueza del espíritu. El desapego al orden social establecido de explotación del hombre por el hombre y de la naturaleza y dejar de participar en él y denunciarlo es la apertura al renacimiento en la vida del espíritu.

Esto tres elementos: ética, política y espiritualidad, son autónomos pero se funden y es necesario trabajarlos en conjunto. Sus límites se confunden y uno puede empezar por el que le apetezca, por el que tenga más a mano, con el que sintonice más. El caso es que el final de todo es la eliminación de la injusticia, del sufrimiento, la ignorancia y la violencia. Y, que de esta manera conquistemos la UNIDAD DIFERENCIADA que todos somos. Somos olas del océano, pero en tanto que olas somos diferenciadas, y en tanto que océano somos Unidad. Hay que encontrar el equilibrio entre la justicia social y la igualdad espiritual. No se puede perder uno en la mera política porque se queda en la pura forma, ni se puede perder en lo meramente espiritual porque se cae en el narcisismo. Para ello está la ética que es la que nos va a transformar por dentro haciéndonos conquistar nuestra autonomía y libertad. Y desde ella podremos acceder a una política con contenido dirigida a la justicia social, por un lado y, por otro, esa libertad nos abrirá hacia el proceso de autotransformación para acceder a la comunión con todo lo real, cósmicamente y humanamente (fraternalmente).

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