La experiencia vivencial de Dios

Un artículo de Juan Pedro Viñuela 

“¿No es cierto que todas las religiones y todos los místicos han llamado “Dios” al inefable que se da y se retrae en nuestra existencia ¿No es “Dios” la Palabra para decir la no Palabra? Acaso no decía el salmo: “En tu luz Señor veo la luz” Por eso decía el sabio (Chuang Tzu): “Nombrar el Tao es nombrar la N Cosa…El Tao es un nombre que indica sin definir. El Tao está más allá de las palabras y de las cosas. No se expresa ni con palabras ni con silencio. Allí donde no hay palabras ni silencio, allí se aprende el Tao.” Leonardo Boff “Experimentar a Dios.” P. 57

La experiencia de Dios es la de lo inefable, el misterio radical y absoluto. Por eso su experiencia viene de la radicalidad de la vida. Una vida adormecida en la comodidad pasa de largo sobre la realidad divina de todo lo que es, es una vida ritualizada, burocratizada e insensible al mal del mundo.

Es la experiencia radical del mal en el mundo lo que nos lleva a la experiencia de Dios, del Tao, del sentido último de la realidad objetiva. Por eso Dios no se manifiesta como objeto, puesto que no lo es, por eso es innombrable y la No Cosa. Dios se manifiesta en la Historia. Y se manifiesta como lo opuesto. Es el mal, la injusticia, la desigualdad social y estructural, perfectamente planificada, la que nos lleva hacia la luz. Y esa experiencia nace en la historia de la humanidad y en la biografía personal de cada cual. Pero esa manifestación de lo espiritual, lo sagrado, lo sin nombre, inefable, sólo es vivenciable, es revelado y a veces nos queda velado. A veces estamos en la luz, a veces nos pueden las tinieblas. Porque, luz y tinieblas coexisten. No existiría el bien sin el mal, no existiría nada sin su opuesto. Por eso el mundo es la armonía de los opuesto y Dios, el Tao, lo inefable es la “armonía no manifiesta (no observable)” de los opuestos.

La experiencia de dios es la integración de lo inconsciente colectivo en lo consciente, en el Sí Mismo. Por eso Dios es apertura y una apertura hacia lo infinito. Y de ahí que el anhelo del ser humano sea precisamente esa aspiración a la infinitud. Es la realización de Dios en su ser. Lo inefable, la No Cosa, lo implícito, se despliega en la evolución cósmica y en nuestra evolución, teniendo en cuenta que en el proceso evolutivo todo está ligado con todo desde el inicio. Todo está dado potencialmente. En una infinitud potencial de posibilidades. Pero para nosotros como humanos nos interesa es que el despliegue experiencial de dios en nosotros ocurre desde la vivencia radical del sufrimiento humano que nos lleva a la Compasión. Y cuando somos el otro, entonces descubrimos que no estamos solos, que somos Uno. Y en el acto de compasión es cuando la luz inunda la oscuridad.

Dios no es trascendencia, no es inmanencia, sino que es Presencia. Pero dios no es el nombre. Dios escapa a los nombres y a las imágenes, trasciende el lenguaje y las imágenes, pero está en el lenguaje y las imágenes. Dios no es pensado, dios es experienciado y se experiencia como presencia, se revela y se vela y eso depende de nuestra actitud. Dios es el Ser o el Devenir, la unidad de esa armonía no manifiesta de los opuestos. Dios no es adorable, no es un ídolo, es vivenciable. Dios es el todo lo que habita dentro de cada ser, de nosotros mismo y el todo que excede cada ser. Presencia y vivencia de la presencia en cada cosa, cada gesto, cada sentimiento, cada ser. Dios se nos revela en la aceptación y la rendición. Y entra como la luz en las tinieblas. Fundirse en la presencia y experienciar la presencia sin pensar la presencia. Ser objeto y sujeto en la misma presencia.