El nihilismo y la angustia ante el vacío. La pérdida de los grandes relatos

Un artículo de Juan Pedro Viñuela

La gente está muy perdida porque el miedo y la cobardía es lo que nos domina. Quieren soluciones rápidas, no quieren el más mínimo dolor, ni físico ni anímico. Han olvidado la primera noble verdad: la vida es sufrimiento. Ahora bien, se conoce la causa del sufrimiento y se puede eliminar en lo que tiene de superfluo, mientras estemos vivos, por muy despiertos que estemos siempre habrá sufrimiento o, al menos, dolor, porque es una de las características de la carne.

Al vaciarse la cultura de todos los grandes relatos filosóficos, míticos, religiosos, políticos…, pues el hombre queda suspendido en el vacío. Y lo peor que puede pasarle a alguien es estar suspendido en el vacío sin saber a qué atenerse, qué hacer, a dónde agarrarse para sujetarse y no caer. Entonces, nuestra sociedad, el sistema en el que vivimos y todos mantenemos y hemos fabricado, porque lo demás sería pensar en una teoría conspiratoria de la historia y yo prefiero, aunque lo haga mal, la libertad, a ser un borrego, aprovecha sus propios engranajes y nos vende, en forma de consumo todo lo que haya que vender, incluida la espiritualidad. Por eso la espiritualidad es un producto de consumo que prescinde de la ética. Y, sin ética, individual y social (política) no vamos a ninguna parte. La ética ha sido sustituida por el discurso de “todo vale”, que se basa, a su vez, en el relativismo constructivista, de que todos los discursos son equivalentes; esto es, no hay verdad, sino verdades. Pero cuando esto sucede, en nuestro sistema, no triunfa la verdad de la mayoría, ni la más útil para lo que sea: la economía, los pobres, la tierra,…, sino la del más fuerte. Y fuerte en nuestro sistema es fortaleza económica que conlleva, claro, fortaleza industrial-militar.

De tal forma que el individuo hoy en día, hipercomunicado, está más sólo que nunca y necesita consumir comunicación: la ideología del poder, claro, con la que comulga ignorantemente. En definitiva, se está alimentando el miedo a la soledad y, curiosamente, ese miedo a la soledad provoca que el individuo, aparentemente, esté menos sólo porque está más comunicado, pero está más solo aún. Está viviendo una situación angustiosa. Por eso la angustia, salvo casos concretos, no es más que una enfermedad social. Cuando la prioridad es buscar qué comer no hay angustia patológica, hay angustia adaptativa: o como y doy de comer a mis hijos o nos morimos, y el imperativo biológico me lleva a buscar comida. La angustia que se padece es la del miedo a la nada. Y es curioso porque nuestra naturaleza, como la de todo es la “eterna impermanencia” todo es impermanente, es decir la nada o vacuidad. Todo está relacionado con todo y depende de todo, no hay ser, sino interser o relación.

Pero el propio lenguaje crea las cosas, que no son más que objetos mentales, no realidades externas, la realidad no es ni externa, somos en la realidad. Pero al hombre le da miedo ver su vacío, está apegado a su cuerpo físico, a su biografía, su familia, su yo, es decir, la construcción que se ha hecho de sí mismo, la idea que tiene de sí mismo como un objeto. Pero eso es un objeto mental, no existe como realidad última, sí como realidad mental, claro, pero, la confusión, es identificarnos con ese yo que abarca todas nuestras dimensiones, fundamentalmente la física, de la que tenemos más consciencia.

Y, entonces, cuando todo esto queda suspenso en el vacío, nos agarramos a cualquier cosa para sobrevivir. Y, en una sociedad de depredadores y genocidas que es la que hemos ido construyendo, y teniendo en cuenta nuestro estado de consciencia evolutivo que se corresponde con el egoico-mítico y de pertenencia a un grupo, por tanto, excluyente de los demás, pues el individuo intenta sobrevivir eliminando cualquier obstáculo. Y si nos hemos quedado sin ética y sin los valores fundamentales: igualdad, libertad, fraternidad (que graciosamente ahora lo llaman en la neolengua del poder: empatía) pues el individuo-isla, nihilista-egoico, pisará a quien se le ponga por delante para sobrevivir. Incluso se autoexplotará, a eso lo llaman ser emprendedor (es curioso que sólo se piensa en emprendedor en el que es rentable económicamente, no al que escriba un libro sobre la ética de Spinoza, por ejemplo, o de Aristóteles, por irnos más a los orígenes olvidados, perdidos y enterrados).

En esta situación estamos asistiendo a la guerra de todos contra todos, a nivel de los estados y las supuestas naciones y a nivel de los individuos. Todos luchan con todos. Es aquello de Hobbes: “La guerra de todos contra todos” y es curioso como se coincide con Hobbes, porque este autor también decía que el origen de esa guerra permanente de todos contra todos es el miedo. Así pues, el nihilismo de la sociedad actual ha producido a un individuo que se siente vacío y con miedo y, como no tiene dónde agarrarse pues se aferra a cualquier cosa. Pero, cualquier cosa se le ofrece como objeto de consumo y el consumo es lo único que construye o da sentido a su existencia, de tal manera que el consumo es compulsivo. Y, mientras más consumimos, más nos consumimos.

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