Carta abierta a aquella persona que quiera leer

De Mariano Blanco Fernández, concejal (C's) de Cooperación, Medios de Comunicación y Festejos en el Ayuntamiento de Villafranca

“No son tiempos fáciles para casi nadie. Y no quiero caer en el escepticismo del ser humano, ni en el negativismo de quien no quiere buscar soluciones, ni en el pesimismo de quien no ve más allá de la sombra producida por él/ella y proyectada en los demás. No quiero caer en el derrotismo del agorero que recurre constantemente al "si ya lo había dicho yo...”.

“Prefiero fijarme más en las posibilidades que en los fracasos, en el horizonte más  que en el poniente, en la vista al frente más que en paisaje que nunca más se podrá ver. Por eso esta carta.

Es muy evidente: la política ha pasado a formar parte de nuestra vida de tal manera que nos hace vivir en la dicotomía constante. Por un lado el ciudadano percibe que los políticos somos ‘como siempre’, lejanos, falaces, vacíos, interesados en el interés personal. Por otro lado el ciudadano se siente protagonista de su futuro y quiere, sin llegar a una implicación patente en la mayoría de los casos, sentir que tiene capacidad de decisión en el ámbito de una sociedad capaz de tomar las riendas de su futuro para traducirlo más pronto que tarde en su presente.

¿Dónde y cómo tenemos que situarnos los políticos? ¿Cuál debe ser el perfil del político de 2020?

Trataré, desde mi punto de vista más personal, de responder a esas cuestiones.

El político (yo mismo, sin ir más lejos), debe tener una alta dosis de empatía con la ciudadanía. Eso se consigue con una cabeza ‘bien amueblada’, que decían los antiguos, capaz de no olvidarse de dónde viene para ser capaz de tomar las decisiones más justas en sus responsabilidades. Saberse poner en el lugar de los ciudadanos no está, ni mucho menos, reñido con el ejercicio de la política .Es necesario, para entender la necesidades reales, aparcar os intereses partidistas, para implementar la conciencia colectiva.

La capacidad de actuación del político se debe medir por el ejercicio de la ética y la moral. Sí, de la moral también, recordando que no hay una moral unidireccional y que nadie es dueño de la misma. De la ética, tanto cuanto el fin no justifica los medios en política. No todo vale. Hay un ordenamiento jurídico emanado del seno de la sociedad, que no se debe traspasar para tratar de conseguir los fines que se persiguen. Y hay un ordenamiento moral que debe conducir a anteponer las necesidades del otro a las propias cuando se ejerce la política. Los criterios funcionalistas siempre han de estar supeditados a los criterios éticos y morales. Y las actitudes funcionalistas siempre han de mirar hacia arriba a aquellas que se hacen sabiendo asumir responsabilidades (en los éxitos, pero, sobre todo, en los fracasos) en beneficio del conjunto de la sociedad.

Los actos del político no tienen que ser medidos con la vara del resultadismo y del rédito partidista. Es de todos sabido que la práctica política de los partidos de tradición (fíjese el lector que evito el término ‘vieja política’) siguen aún con el esquema de elaborar sus políticas en torno a esos dos criterios antes citados. El resultado, como estamos todos comprobando, es catastrófico. Y es aún más grave el comprobar que se está contagiando a la base de la sociedad a la hora de depositar el voto el concepto ‘voto útil’ para designar la búsqueda premeditada de justificación del resultadismo político. Prefiere vaciarse de contenido real la propuesta política para conseguir mejores resultados electorales. Y de esos polvos vienen ahora estos lodos.

El político de este tiempo debe ser una persona con un alto contenido en su tarea de conciencia. De conciencia colectiva: anteponer las necesidades del otro a las suyas propias forma parte urgente del ideario colectivo de la tarea política. Y de conciencia personal: la fidelidad a los ideales que presenta a la sociedad es algo inexcusable. La conciencia crítica de la sociedad democrática se debe alimentar desde la práctica política.

Debe, además, saber que su función es la contribuir al desarrollo de la sociedad aprovechando el papel que esta le otorga de ejercer el poder que emana del pueblo y que debe desembocar en el seno del pueblo. La libertad, el mayor de los bienes de los que disponen las sociedades no es posible sin la responsabilidad, y esta no es posible a su vez sin una implicación personal en un ideario destinado a articular la ciudadanía. El respeto es condición sine qua non para poder conseguir facilitar el ejercicio de la libertad. Y ese respeto es el que nos recuerda que la libertad no es un concepto ilimitado, y que es limitación no cercena el ejercicio responsable de la misma.

El político de este tiempo, por último (harían falta toneladas de papel y terabytes en masa para abordar todo este tema) debe recuperar el papel de referente moral y compaginarlo con el que tiene muy asumido, de gestor. Para gestionar bien la situación política hay que ser coherente con la propia identidad. Y para mostrar su identidad, el político ha de hacer valer su ejercicio del poder como una muestra fiel y sincera de autoridad para que su gestión sea eficiente y eficaz.

Alguno pensará que esto es escupir al cielo. Sin embargo para el que firma es apuntalar el suelo para que no se vuelva a mover en los momentos telúricamente sensibles”.
 
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