Opinión. "Italia"

ITALIA

Si tuviera que elegir un lugar para vivir  sería Italia.
Y si no, Extremadura.
ALBERT BOADELLA


La mujer más guapa que he conocido era italiana.

Dicen los que saben que la modernidad cinematográfica comenzó con un viaje a Italia, es decir, con «Viaggio in Italia» (1953) de Roberto Rossellini. En verdad, ese plano inicial de Ingrid Bergman y Georges Sanders al volante de un coche anunciaba algo nuevo.
Ingrid Bergman había nacido en Suecia, pero vivía y trabajaba en EEUU desde 1939. ¿Cómo había llegado entonces a Italia? La historia es más o menos conocida pero no por ello es trivial, al contrario. El 8 mayo de 1948, día de su cumpleaños, Rossellini recibía una breve carta desde Estados Unidos escrita por Ingrid Bergman que merece la pena transcribir:
Estimado señor:
Vi sus películas «Ciudad abierta» y «Paisà», que me gustaron muchísimo. Si necesita a una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no es muy comprensible en francés y que en italiano sólo sabe decir "ti amo" estoy lista para ir a hacer una película con usted.
Clase…
Así comienza una de las historias de amor más célebres del mundo del cine. Efectivamente, la actriz se traslada poco después a Italia para rodar «Stromboli» a las órdenes de Rossellini. Ambos están respectivamente casados, pero se enamoran irremisiblemente y al año siguiente Ingrid tiene un hijo fruto de la relación extramatrimonial. El escándalo estalla en la puritana sociedad estadounidense, que cambia la imagen inocente y virginal que tenía de la actriz, y la convierte en la peor de las pecadoras, incluso el Senado declara a la actriz persona non grata en territorio americano, lo que hace que se exilie en Italia, dejando a su marido y a su hija en Estados Unidos. En mayo de 1950 Ingrid Bergman y Rossellini se casan. Así es como tenemos a la actriz nórdica en Italia rodando nuestra película, que en España llevará el título de «Te querré siempre». Independientemente de su calidad cinematográfica –obra maestra, plenamente contemporánea a pesar de sus años- la película es muy especial porque muestra una crisis matrimonial –¿transitoria, definitiva?- que está reflejando la propia relación entre director y actriz, quienes a pesar del título evocador se separarán en 1957.
En el filme «Léolo» (1992) del canadiense Jean Claude Lauzon –que murió con poco más de 40 años pilotando una avioneta junto a su novia- se nos dice que Italia es tan bella que los italianos no tienen derecho a decir que sólo les pertenece a ellos. De alguna forma, el turismo nació en Italia, tal y como se refleja en películas como «Una habitación con vistas» (1986) de James Ivory, o «Muerte en Venecia» (1971) de Visconti.
Yo también hice un viaje a Italia. No quiere ser éste un artículo-crónica de viaje. Partamos de la humildad. Allí no vi mucho más de lo que vi. Es inaprensible todo el arte que contiene. Cualquier ciudad, cualquier pueblo tiene una iglesia románica o un palazzo que obligan a detenerte. Mientras caminas te das cuenta de que hay armonía, un buen gusto, una elegancia, incluso en su decadencia. Lo popular no es chabacano, no es incorrecto, no es vocinglero. Sé que el sur es diferente, y no pude ver –los días se alargaban y el presupuesto menguaba- el Nápoles abigarrado y caótico que perturba a Ingrid Bergman en nuestra película.
Si vais a Italia, recorred sus ciudades en bicicleta. Es lo más cómodo, lo más económico y lo más bonito. Cuando vas en bici tienes el lujo de una perspectiva fresca y original. Es como si vivieras allí: todo te llega limpiamente.


Verona (Véneto) puede ser la ciudad más elegante de ese norte italiano. Atrapada por un meandro del río Adigio, absolutamente accesible en bicicleta, las noches de Verona están llenas de gentes pero no hay voces ni motos ruidosas, la limpieza es insultante y Dante te observa desde la Piazza dei Signore. Aunque no solemos asociarla, Verona es la ciudad de Julieta Capuleti y Romeo Montecchi, es decir, de Romeo y Julieta. En Milán (Lombardía) se encuentra un pequeño cuadro de Piero della Francesca que representa para mí toda la plenitud del Quattrocento italiano: La Virgen con el niño y Federico de Montefeltro. Padua (Véneto) alberga los frescos de Giotto que nos revelan la transición del gótico al Renacimiento, y estamos hablando de 1306. Florencia cuenta con la Galería Uffizi, la colección más implacablemente apabullante de la pintura renacentista: aquí están las famosísimas Primavera y Nacimiento de Venus, de Botticelli. Pero la foto fija de Florencia desde hace 600 años es la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore construida por Brunelleschi, y para mi gusto sobredimensionada respecto del conjunto. Florencia es el sur del norte italiano, y en cierto modo me decepcionó: demasiado tráfico en el centro histórico, ruidosa y algo sucia. Por el contrario, Ravena (Emilia-Romaña) es la ciudad serena que evoca serenidad en sus nombres: Gala Placidia, Belisario, Bizancio, San Apolinar in Classe…y los magníficos mosaicos de San Vital: cuando estás frente a ellos, tantas veces vistos desde los libros de la escuela, se te queda una cara entre arrobada y bobalicona de puro deleite. Pisa es un parque temático. En cambio, a sólo 15 km está Lucca (Toscana), quizás la ciudad más bella de Italia y afortunadamente no recogida así en las guías de viaje. Aquí nació santa Gema Galgani –de amplia devoción en España-, Puccini y Zita, la última emperatriz austrohúngara. Lucca amurallada y airosa, elegante y modesta, bella y desconocida toscana...

Extraño pueblo el italiano: amamantado de estilo y de arte, se deja gobernar por un fantoche, un macarra hortera, epítome de una clase política infame y chalanera y despiadadamente descrita en películas como «Il divo» (es decir, Giulio Andreotti, factótum repugnante y vivito aún) o «Buongiorno, notte» (sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro). El último medio siglo de Italia lo encontráis en otra excelente película: «La mejor juventud» de Marco Tulio Giordanna. Es una inteligente opción si no podéis viajar a este país hermoso e inútil.


BENITO GARCÍA CALLE

 

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