Opinión. '20D: Certezas e interrogantes de un nuevo panorama político en España'

Por primera vez en la historia democrática de la España constitucional las urnas arrojan incipientes resultados que difieren en la experiencia de anteriores ediciones a Cortes Generales: nadie ha ganado, o si se prefiere, todos ganan, es decir, todos pierden. Ninguna de las candidaturas constituidas para la cita electoral consiguió con su estrategia conquistar la frontera de los 176 escaños que implica una mayoría absoluta de diputados y que abre el camino para un gobierno de partido con mayoría cómoda y estable; como ha venido siendo habitual. Los dos partidos consolidados (PP y PSOE) sufren un considerable desplome de millones de votos (lo cual se traduce en 63 escaños sin revalidar por parte del primero y de 20 para el segundo con respecto a 2011). Mientras  irrumpen con fuerza nuevas alternativas políticas que llenarán de color las butacas del Congreso con los 69 escaños que suma Podemos y los 40 de C´S. ¿Cuáles son los factores que nos han llevado hasta este inédito escenario? Repasemos algunas de las razones.

 


Sin duda éstas han sido las elecciones de la imagen y la campaña electoral la más televisiva y seguida en redes sociales de cuantas conocemos históricamente. Cuatro fueron los atriles que defendieron los líderes de las diferentes agrupaciones políticas (exceptuando el de Sáez de Santamaría). La estrategia electoral se centró en dar la mejor imagen y recuperar la confianza perdida de los partidos tradicionales. ¿Por qué? Porque PP y PSOE acumulan en sus espaldas decenas de casos de corrupción, malversación y corruptelas que deterioran su imagen frente a las nuevas fuerzas que la opinión pública (incitada por los medios) ha denominado: “la nueva política”. Nuevos grupos que formulan nuevas estrategias más comunicativas y más cercanas al elector y que aprovechan los huecos que suscitan, fruto de la erosión y la crisis de representatividad, los viejos partidos. La sociedad es fiel reflejo de la realidad política en la que se sumerge el país. El 15M fue una evidencia palpable de la ruptura del electorado español. Un desajuste democrático. Existía y existe toda una generación (joven y formada) que no conecta cronológicamente con los sucesos de la transición y que en la mayoría de casos consideran nuestra Constitución obsoleta en ciertas materias. Se trata de un choque de generaciones, al mismo tiempo de intereses. El país se sumió en una severa crisis económica, incluyendo recortes del bienestar, y estuvo abocado desde entonces a la regeneración de su vida política.

Es fácil vincular el ascenso de los nuevos partidos a costa del declive de los que hasta ahora participaron del bipartidismo. Los resultados electorales a tal efecto son empíricos y fácilmente contrastables. Fue precisamente del término bipartidismo del que hicieron uso reiterado los emergentes para colmarlo de connotaciones negativas. El 50% de los electores respondió adecuadamente y expresó durante la jornada del 20D su descontento con lo que hasta la fecha ha sido tildado como turnismo en el gobierno. Las políticas de austeridad y los progresivos recortes hicieron el resto, rematando el desmoronamiento en las aspiraciones de PP y PSOE. Aunque sobrevivieron, y como las listas más votadas, sufrieron un espinoso golpe. La política demanda nuevas vías y exige de cambios que aproximen los círculos de decisión a la gestión ciudadana. Un nuevo eje de fragmentación queda abierto: el denominado bipartidismo tradicional (aunque en teoría no se cumplen los requisitos politológicos para denominarlo como tal) contra los nuevos partidos que acaparan el 33,4% de los votos emitidos. A la juventud ahora también parece interesar el rumbo que toma el Estado, quizás arrastrados por una situación socio-laboral cada vez más precaria, y en la última convocatoria el voto por correo aumentó en un casi 14% con respecto a las anteriores elecciones. Igual que lo hiciera el denostado voto rogado.

La lectura de los resultados permite advertir algunas certezas. El electorado español se ha desplazado levemente hacía la izquierda: tanto C´S como Podemos son fuerzas que supuestamente se sitúan a la izquierda del partido tradicional y último vencedor, el PP. En el computo global las fuerzas que representan el eje izquierda obtienen mejores resultados que el eje derecha. IU evitó por todos los medios quedarse sin representación parlamentaria y lo consiguió. Las nuevas maneras de hacer política de base han transformado la tradicional figura del afiliado-militante y demuestran que las corrientes ciudadanas, las confluencias y las candidaturas independientes suman mucho y consiguen aglutinar la confianza de los electores. Los datos de PP y PSOE corroboran la embarazosa ausencia de un suelo electoral firme. Pese a que el PP mantiene el apoyo de inversores y mercados, y el PSOE por su parte, sigue ocupando el 2º puesto como lista más votada sin verse rebasado ante la “remontada” de un fuerte Iglesias y sus confluencias (Marea granate, Comprimís, En Comú…etc).

Incluso ni la desproporción que genera el pequeño tamaño de las circunscripciones de nuestro proporcional sistema electoral consigue evitar que fuerzas del cambio político como Podemos o C´S conquisten el último escaño en el reparto de distritos que otrora fueran feudos de los dos grandes partidos. La nueva política gana con creces en los ambientes urbanos y pertenece a las nuevas generaciones. Es en las grandes conglomeraciones donde se registran los mejores resultados para las formaciones que estrenarán representación parlamentaria a partir del 13 de enero. Los dos partidos tradicionales resisten mejor en los municipios y regiones de menor tamaño, allí donde aún consiguen mantener con mayor vitalidad sus redes clientelares regionales y locales, a la vieja usanza. Dato muy importante: en Madrid la segunda lista más votada fue la de Podemos, primera en Barcelona y Tarragona. Las discrepancias con el cleavage centro-periferia han sumado muchos apoyos a la formación en confluencia de En Comú, dada su predisposición a debatir con nuevas fórmulas de organización territorial que gestionen de manera más eficaz las demandas que vienen siendo habituales junto a la regeneración política y democrática. Dicho fenómeno auspicia un paulatino crecimiento del voto dual catalán. La cuestión territorial en España no acepta más demora y exige esfuerzos innovadores.

Hay instituciones obsoletas, mecanismos ineficaces y formulas democráticas que no se corresponden con las necesidades actuales del país. Unos elementos del sistema político sobran, de otros muchos se carece.  Los ciudadanos han sabido amasar este compendio para transformarlo mediante el voto en una atmósfera de fragmentación plural parlamentaria. Como ya han mencionado varios analistas: España es una nueva Italia, pero sin italianos. El ideal de la representación democrática consiste precisamente en acaparar el mayor nivel de representación parlamentaria. Mayor pluralidad corresponderá siempre a una mejor representatividad. Tampoco ha sido el Apocalipsis para el sistema de partidos vigente, cuanto menos una dura conmoción. Se abre una nueva etapa, eso sí. Si hay posibilidades de gobernabilidad, será siempre contando con el apoyo de los viejos. Líderes de los nuevos partidos en cambio tildan los recientes resultados de segunda transición, pero aún desconocemos hacía dónde transitaremos. Todo un interrogante político. Paciencia.

Demasiados jóvenes nos hemos sentido identificados con la desafección y el des-interés hacía la política que emerge de vetustos partidos. La reciente participación electoral ha sorprendido a muchos politólogos por su escasa relevancia. El desapego sigue vigente y se puede extraer de las tesis de Lipset (1981): "los socialistas ya no defendían el Socialismo (...) las cuestiones ideológicas que dividían izquierda y derecha se habían reducido a un poco más, poco menos, de propiedad estatal y planificación económica (...) el Socialismo había perdido la batalla de las ideas (…). Nadie parecía pensar en una gran diferencia si un partido u otro gobernaba la política nacional”.

Permítase una última reflexión crítica sobre la complicada algoritmia de los posibles pactos. Le toca a Rajoy que desea formar gobierno no por el bien común del pueblo sino por "los mercados, inversores y la seguridad de España en el mercado internacional". Manda el Ibex35, perpetuando quizás un austericidio como método anti-deuda que no ha demostrado progresos eficientes. Entretanto vigencia de una ley electoral sometida a distritos profundamente desequilibrados que impiden aflorar nuevas alternativas y que no contenta a nadie menos a los perpetuados turnistas. Rivera tal y como se le esperaba: muleta del PP. Sánchez, el izquierdista, perdido en las arenas políticas repartiendo un pastel que en cierto modo le queda grande y sin querer dejar para Iglesias la ineludible tarea de oposición. Las sospechas de una hipotética, a la par que indeseable, gran coalición a la alemana no harían sino ahondar más la tumba de PP y PSOE.  Y ya puestos que sea Felipe quién busque un presidente de consenso, para que todo sea más anacrónico si cabe. Así nos irá, cultura política de la marca España. "España en serio”.

Jesús Mesa Montero
Analista político y jurista

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