Opinión. 'La libertad como camino necesario a la felicidad'

"No codiciar ni temer, eso es libertad." Epícteto.

La sabiduría de los antiguos nos precede y nos empeñamos en olvidarla y rellenamos ese vacío con huecos de psicología positiva, coachings y cosas por el estilo. Cosas que obedecen al espíritu de los tiempos que es el de las prisas, el consumo, el no ser capaz de pararse un rato con uno mismo, en definitiva, el del mercado en el que en cada momento estamos vendiendo nuestra alma al diablo. El diablo del tiempo que es el que nos corroe.

 

En este mundo de vicios, máscaras y prisas, de desasosiegos, tristeza y vacío se nos vende la felicidad como algo que está al alcance de todos y como algo, poco menos, que un derecho de todos. Encima entendiendo derecho como algo que se te tiene que dar, no que tengas que conquistar. En definitiva, es también una felicidad de quita y pon. Un sucedáneo de felicidad como todo en este mercado en el que se mercadea con todo, lo humano y lo divino, lo mismo da un coche, un mueble, que los valores morales. Todo es una mercancía. De ahí el mercado espiritual. Pero basta pararse un momento, si nos dejan y si somos valientes, para darnos cuenta de que eso de la felicidad es un timo, como todo, un objeto de consumo de usar y tirar. Si nos paramos, si dejamos de escuchar ese arrollador ruido exterior y si somos capaces de parar el ruido interior, nos daremos cuenta de que, en realidad, estamos vacíos. Y que nuestro problema reside en que no somos capaces de entender ese vacío, ni de soportarlo, que no somos capaces de aguantar el silencio. Y, por eso andamos buscando un dueño, que puede ser una cosa, una persona, una emoción. Lo que sea, menos escuchar nuestro silencio interior, lo que sea, menos caer en la profundidad del abismo de nuestra alma. Y, por eso, nos hacemos esclavos. Y es aquí donde quiero llegar. No se trata de conseguir una felicidad de cartón piedra, de usar y tirar, sino de hacernos libres. Nadie nos haba de libertad. Para empezar porque no suele haber mucha gente que conozca la libertad y para continuar, porque al poder o los diversos poderes fácticos, tampoco les interesa nuestra libertad y, para concluir, porque, en principio, la libertad, no tiene por qué ser algo agradable. De modo que lo que está a la venta, lo que aparece en el mercado, incluido el mercado espiritual, es la “felicidad.” Esta vez la entrecomillo para señalar que esta felicidad no tiene nada que ver con la realidad, que nos movemos en las apariencias platónicas, o en el velo de Maya budista, lo mismo me da. El conocimiento está ahí, es milenario y pertenece a la humanidad por más que el mercado lo codicie, tanto el espiritual, como el científico, o el artístico. Aquí lo privatizamos todo, desde el agua, pasando por el sol, hasta la última “fórmula para alcanzar la felicidad”.

Pues bien, antes de hablar de felicidad de lo que se nos debería hablar y, o, que deberíamos conquistar, es la libertad. Hemos invertido el orden porque es la manera de domesticarnos, de tenernos vencidos, convencidos y abastecidos. De eso es de lo que se trata. Pero no van por ahí los tiros como nos enseñaron los antiguos y, en este caso, la escuela de filosofía de los estoicos, en concreto, el filósofo Epícteto. Lo primero es no codiciar. Siempre que deseamos ponemos nuestro yo en el objeto de deseo, luego, nos esclavizamos. Es decir, que nuestra existencia cobra sentido en el objeto del deseo y no en nosotros. Aquí podemos incluir hasta al propio deseo de obtener la felicidad, o la iluminación, para los más místicos. Si deseamos la felicidad la convertimos en un objeto y ponemos nuestro yo en dicho objeto que, por lo demás, viene definido por unas características que ya se encargará el mercado de fijar. (Es curioso y sería digno de reflexión el señalar que el mercado de la felicidad va dirigido a los hombres-cosas y se olvida de la humanidad.) El deseo, como bien desentraña el budismo y los estoicos, es el mecanismo mayor de esclavitud que pueda existir y la liberación de este es la conquista de la paz o la serenidad, la ausencia de tensión, porque todo deseo es una tensión en la que el alma se desplaza de su centro hacia el objeto de deseo. Y, de lo que se trata es de estar centrado en sí mismo. De ocupar el centro de tu ser, o de ser tu Ser. Por eso, en la medida que codiciamos nos hacemos esclavos, nos convertimos en otro, o en objetos y somos esclavos. No somos los dueños de nosotros mismos, sino que son nuestros deseos nuestros dueños. Insisto, incluido el deseo de ser feliz. No hay que desear nada, sólo hay que Ser. El deseo nos esclaviza tanto a lo que tenemos como a lo que no tenemos. Por eso la esclavitud es desplazar nuestro ser hacia el tener. Es decir, nuestro yo no coincide con el ser que somos, sino con el tener que consideramos nuestro ser. Pero el tener es huidizo, es pasajero, es dinámico, se nos va continuamente de las manos, no podemos identificarnos nunca con él, es temporal. El tener está instalado en el tiempo y el tiempo es apariencias. Por eso, cuando vivimos en el tener vivimos descentrados y en las apariencias. De ahí ese continuo desasosiego, ese no parar en busca de tener más y de mantener lo mucho o lo poco que tengamos. Y no sólo las cosas, sino las relaciones y los afectos que mantienen esas relaciones. Porque, claro, resulta que en este mundo mercantilista las relaciones humanas también están cosificadas. Son relaciones de posesión que entran dentro del ámbito del tener, no del ser. En lugar de construirme, de ser a través de esas relaciones, pues lo que hago es que soy a través de relaciones que tengo o poseo. Es decir, que las transformo en posesiones, de ahí, que no soporto la vida sin esas relaciones, porque están dentro de mí tener, de mis posesiones. Y, por ello, que no amemos incondicionalmente, sino que ansiamos poseer y no concebimos la existencia sin ese ser al que hemos convertido en objeto y de ahí los celos, la envidia y demás. Todo esto quiere decir que nos es absolutamente necesario liberarnos de las cadenas del deseo si queremos ser libres. Es la codicia (el deseo de todo aquello que no necesitamos para ser) lo que nos esclaviza y lo que nos mueve de una existencia en el ser a otra existencia inauténtica en el tener. Pero, curiosamente, para nada se nos habla de libertad y, mucho menos, de los orígenes de nuestra esclavitud. Porque el fundamento de la felicidad que se nos vende es, precisamente, el tener. Por eso de lo que se trata es de convertirnos en objetos y de que obedezcamos sumisamente. Pero, ya sabemos cuál es el camino hacia la libertad, luego, ya somos responsables, aunque podamos absolutamente (recuérdese esa escena de Matrix en la que el topo pide regresar a Matrix sin recordar nada) renunciar de forma consciente a este camino y sumergirnos en una esclavitud placentera. Es perfectamente legítimo, ahora bien, esto no es la felicidad, puede ser bienestar, además absolutamente inconsciente e insolidario porque para poder obtener este bienestar eliminamos la consciencia del dolor y el sufrimiento humano. O le damos una explicación baladí.

Bien, tampoco podemos temer. El miedo es el origen de toda esclavitud. E, incluso, podríamos decir que está a la base del deseo. El miedo es siempre a perder lo que tenemos, lo que podemos llegar a tener y lo deseado. Por tanto, también el miedo está dentro de la línea del tiempo. Es decir, está en la proyección hacia el futuro, en la proyección del no ser. El miedo nos instala en el futuro que, por lo demás, es inexistente, sólo es imaginado, luego su existencia tiene la realidad de la ilusión. Y, como tal ilusión, o la podemos cambiar o la podemos, mejor, eliminar. Del tiempo, como ya sabemos sólo nos cabe afirmar la realidad del ahora, que no es ni el presente, porque este es la percepción del transcurrir, sino la eternidad, la ausencia de tiempo. Por tanto, temer, simplemente, es una locura, es creer y dar más realidad a las apariencias que al Ser. Pero, esa es nuestra naturaleza y nuestra cultura, sobre todo, implementar el tiempo, el futuro y, con él, la esperanza y la desesperanza; es decir, el miedo. Y el miedo nos ata, nos inmoviliza, nos esclaviza a lo que tenemos y no deseamos perder, a lo que deseamos tener y tememos no obtener. De nuevo el mismo mecanismo. El miedo nos descentra, nos saca de la existencia en el Ser a la existencia inauténtica en el tener. Y es esa tensión, alimentada por el miedo, la esperanza y la desesperanza, la que nos produce la angustia, el desasosiego, la intranquilidad el no estar en el presente, en tener la mirada perdida en el futuro. Un futuro, por cierto, diseñado para nosotros y para ser consumido a la par que nos consume. El miedo, en última instancia, es el miedo a la muerte, a dejar de ser, pero no por dejar de ser, sino de tener, e, insisto, cosas, personas y emociones y afectos. El miedo va dirigido al tener o el perder lo que se tiene cuando desplazamos nuestra mirada y nuestro ser en el tener en lugar de en el ser. Pero el miedo a la muerte no es más que el disfraz, aunque esto es para otro artículo, que toma el miedo a la vida. No nos atrevemos a ser y por eso desplazamos nuestro ser, nuestra voluntad de ser hacia el tener, de ahí que temamos a la muerte, porque en realidad tememos no vivir de verdad, que se nos escapa el tiempo entre las manos sin realmente Ser, dejándonos ser y poseer en el tener. Y por eso somos esclavos y tenemos miedo. Pero aún más miedo tenemos de ser libres, de esa soledad de los abismos de nuestra alma, de ese silencio interior. De ahí ese afán de buscar siempre compañía, de buscar siempre ruido en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestro entorno, para acallar al yo interior que es el que realmente nos quiere hablar. Pero a este yo interior, al que realmente somos lo tememos, porque es el único que nos dice las verdades, que no nos halaga, sino que nos dice las cosas como son. Es al único que no podemos engañar, ni mentir, por eso nos rodeamos del máximo ruido externo, para no escucharlo, y del máximo ruido interno, el que produce el ego, que es el espejo a través del cual nos vemos en el mundo y a través del cual juzgamos al mundo y a nosotros mismos. Ese ego es nuestra dualidad. Lo que interfiere en nuestro autoconocimiento. El ego es el que se alimenta del tiempo, de la esperanza, del miedo, del deseo, de los celos, la envidia, la soberbia, el orgullo, la vanidad,…y mientras más tengamos de todo esto mejor alimentado estará nuestro ego, más distorsionado veremos el mundo externo y más nublado y en penumbras aparecerá nuestro verdadero Ser.

Por tanto, del deseo y del miedo se sigue nuestra esclavitud, como bien afirma Epícteto. Por ello, de lo contrario se seguirá nuestra libertad. Si no deseamos, ni tememos, somos libres, ya no hay ataduras. Y si somos libres vivimos instalados en el Ser, fuera del tiempo. Y esto es muy importante, habremos alcanzado la Paz y la Serenidad, la Felicidad o el Despertar y la Iluminación, todos esos términos son los mismos o apuntan hacia lo mismo. La cuestión importante es que la felicidad no es un contenido, como se nos ha vendido desde el cristianismo hasta las religiones mercantilistas o de la new age actuales, sino un estado mental que se deriva de la conquista de la libertad. Y, por cierto, la libertad, tanto individua como política, no se conquista de un día para otro. Desconfío de aquellos que proclaman a los cuatro vientos su libertad, o, mejor, su felicidad y abundancia, probablemente estén instalados en una falsa creencia y si la analizan convenientemente se le vendrán abajo todos los palaos del sombrajo. Que sean libres y la felicidad les vendrá dada.

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