Opinión. 'No fue la crisis, fue el desapego'

Tras este reciente impasse hay mucho nuevo que reseñar: fracaso de una efímera legislatura, nuevas elecciones y amenazas de sorpasso. Terminología muy de moda para una cultura política, la nuestra, que no ha sabido emanciparse aún de la producción de amplias mayorías y de gobiernos de partido. Ahora toca aprender a descifrar nuevos escenarios. Tenemos asignaturas pendientes: acomodarnos en un nuevo sistema de partidos y capacitarnos para lidiar con gobiernos de coalición. Nuevos métodos para nuevos tiempos: el quadripartidismo sigue ahí. ¿Qué factores nos han conducido hasta dicha situación? Sostengo que las causas, al menos las principales, nada tienen que ver con la crisis financiera y su efecto contagio desde 2007. Aquí la exposición de mis motivos.    

 

Ante todo, sirva de aclaración, lanzo una consideración previa: los partidos importan, y hasta la fecha, impera la máxima soportada por diversos politólogos de que no hay Democracia posible sin partidos, sin elecciones periódicas competitivas y reglamentadas, sin la convivencia en pluralidad y sin métodos de representación mayoritaria. La Democracia que hoy conocemos no pudo articularse sino en base a la existencia de los partidos políticos y la relación de representación. Desde el primitivo rechazo e ignorancia, los partidos han sabido conquistar su propio terreno y totalizar prácticamente el monto de la vida democrática (partitocracia). Prestarnos al “optimismo virtual” donde la sociedad, mediante una gracia talentosa, será capaz de autogobernarse y decidir sin la mediación de representantes significa, una vez más, sucumbir en utopía. Los clásicos apostaron por un gobierno representativo donde los partidos sirven (entre otras muchas funciones) de instrumentos que canalizan la representación de vastas poblaciones. Hasta la fecha, no se ha podido concertar una lógica alternativa que los sustituyan.   

 

Pero la dinámica partidista ha evolucionado profesionalizando su clase y estructura. También homogeneizando la reputación de sus dirigentes frente a una tendencia progresiva de indiferencia ciudadana hacía la política, frente al declive de la participación y la carencia de afiliación. Estas son algunas de las ideas que, de modo extensivo, refleja con maestría Peter Mair en “Gobernando el vacío: la banalización de la Democracia Occidental”, obra donde denuncia el despojo del elemento popular, es decir, sus bases electorales. Durante la década de los noventa el rebrote de las corrientes neoconservadoras intensificó de manera dogmática la creencia casi espontánea en la política como actividad limitada. Además, las Democracias parecían arrastrar severos problemas intrínsecos de legitimación. Se fortaleció un ideal de Democracia entendida como un modelo político en ausencia del pueblo o «Democracia Constitucional» frente a la otrora «Democracia Popular». En todo Occidente se ha votado en menor número, con menor compromiso y cada vez con menos coherencia ideológica desde los años sesenta. Los partidos, por su parte, no han sabido cumplir con sus funciones y mantenerse en el compromiso firme de crear redes de representación y participación organizada directamente conectadas con sus militantes (ahora también simpatizantes). El terreno de encuentro tradicional con los electores está quedando vacío. Ése vaciamiento implica una separación cada vez más excesiva de la base electoral que queda desorientada de la vida pública en la ociosidad de la esfera privada. La Democracia de partidos está perdiendo terreno en beneficio de la Democracia de Audiencias (vía TV). El distanciamiento entre los partidos y los ciudadanos provoca el vacío que continúa banalizando nuestro modelo.

    

Hablemos sin tapujos: lo que existe desde hace décadas es una crisis de representación política que trae consigo una deslegitimación y que desgasta la noción democrática en nuestra cultura política. Desapego y desconfianza. Partimos de dos hipótesis de inicio esenciales que son necesarias traer a colación: en primer lugar, que la desafección es tangible y real, cierto; pero el pasado 20 de diciembre de 2015 más de 25 millones de españoles (el 73,2% censo electoral) acudieron a las urnas a ejercer su derecho al voto. Este dato no puede corresponder completamente con una falta de interés por la política nacional, aunque sí pueda existir efectivamente cierta desconfianza hacia su modelo e instituciones. En segundo lugar, aunque la sociedad es injusta y lo sabemos, nuestra cultura política parece ampararse en niveles relativamente saludables. En España no existen (al menos que con un puñado de votos y sin representación institucional alguna) partidos que apoyen causas xenófobas o de impugnación/destrucción de pertenencia a la Unión Europea. De este modo queda patente que las demandas de regeneración que emite la ciudadanía han de estar necesariamente encaminadas hacia otros asuntos en declive.
    

Además, sabemos que la realidad española no es exclusiva. Sería interesante recalcar, huyendo de chovinismos, la importancia de la teoría comparada en estos aspectos porque nunca fuimos o seremos una democracia aislada. El “no nos representan” no es único de la experiencia española y venimos percibiendo un agotamiento democrático que viene de lejos, en países y situaciones muy peculiares. Nombres como O´Connor (1973) que se refirió a la "Crisis fiscal del Estado”; Huntington (1968) en “El orden político en sociedades en transformación”; o Habermas (1973) en “Problemas de Legitimación en el capitalismo tardío”, son pioneros delatores de defectos en el andamiaje democrático de aquel pretérito modelo. Algunas de sus obras fueron publicadas entre 1963 y 1975 y ya incluían adustos diagnósticos. En cierta parte, el modelo de democracia española incorporaría durante la transición defectos ocultos presentes en el gran pacto de las democracias europeas de aquella época. Hoy, con la relación de representación política quebrada, se han intensificado las necesidades de reformas constitucionales.  

    

En cuanto al factor «crisis económica» muchas investigaciones sociológicas sospechan que haya intensificado potencialmente estos sentimientos de desafección, pero en ningún caso podemos interpretar este fenómeno como causa principal. Apenas agravó la situación de problemas que, como venimos enunciando, ya estaban presentes. Según datos macroeconómicos, la crisis acrecienta la precariedad social y dispara los índices de desigualdad. Dichos supuestos han motivado la reacción de diversas categorías de movimientos sociales que ahora se levantan en “lucha” contra un paradigma en declive. Diversos datos vienen demostrando que el sentimiento de pertenencia y legitimidad para con el sistema político aumenta en los escenarios donde hay mayores índices de igualdad social. En España andamos a la cola: somos hoy el segundo país más desigual de la UE según datos de Eurostat.

 

Desde que se celebrasen los comicios europeos de mayo de 2014 nuestro escenario político pareció sufrir un tramo de convulsión y catarsis.  Particularmente, las grandes formaciones políticas anunciaron apresuradas medidas de regeneración democrática. Buena parte de la opinión pública por aquél entonces entendió que las instituciones democráticas y el sistema político se encontraban al desnudo. El impacto de la crisis económica ahondó el problema, pero no lo originó; la ciudadanía poco a poco pudo percibir que aquéllos que regentaban las instituciones, la autoridad y las administraciones públicas iban a lo suyo, de manera egoísta, procedían a burlar la ley y la transparencia y, en el peor de los casos, incurrían en corrupción o fraude. Entonces se optó por prestar la representación política a alternativas emergentes que hoy ocupan un espacio parlamentario fundamental.

 

A César lo que es del César, y a la crisis lo que es de la crisis. El cambio político no vino sólo de ella. En gran parte el desapego político y la crisis de representación política son las respuestas para el escenario presente. Pero no son las únicas. Entendemos que, si no queremos desprendernos de la Democracia como sistema ideal; y si no podemos diseñar alternativas pragmáticas a la figura del partido como eje articulador de la vida democrática, entonces estamos drásticamente condenados a cambiar los partidos y re-inventarlos continuamente para que consigan adaptarse de manera eficaz a las nuevas demandas que la sociedad genera de manera periódica. Insisto: no existen soluciones rápidas ni sencillas para problemas tan complejos como los que atañen a los modelos democráticos.


Jesús Mesa Montero

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