Opinión. 'Una vuelta de tuerca más a los sondeos, los algoritmos y las coaliciones'

Ya hace algún tiempo que los ingenuos confiamos en la capacidad de los estudios demoscópicos, pero lamentablemente, las ciencias sociales seguirán siendo imperfectas por naturaleza. En este sentido, las recientes estimaciones de voto a partir de las principales encuestas nacionales volvieron a fallar el 26J. Y con el tropiezo de diciembre, ya van dos. De esta manera, se hace difícil trabajar con escenarios seguros que inviten a pactar con más solvencia.

 


La actual volatilidad del electorado español, así como los múltiples escenarios de incertidumbre (el fenómeno Brexit en los recientes comicios) y la falta de un consistente recuerdo histórico en el comportamiento de las bases de fuerzas emergentes como Ciudadanos y Podemos, han impedido reiteradamente vaticinar escenarios creíbles. “Podemos ha sido rehén del infantilismo y se ha creído las encuestas. Sólo porque las encuestas decían lo que quería oír. Cosas de juventud”, aseguró una de las cabezas ideológicas de la formación, Juan Carlos Monedero. Ahora en la nueva formación han encargado un profundo estudio de análisis post-electoral a Bescansa, responsable de la Secretaría de Análisis Político y Social, para aclarar las circunstancias del batacazo.

En diciembre, tras conocer los resultados supimos que todas las encuestas publicadas hasta el día 15 mantuvieron márgenes de error muy similares, estando todas relativamente equivocadas. La proyección de escaños de las encuestas andorranas, sin embargo, publicadas fuera del (absurdo) plazo legal fueron las más acertadas. Kiko Llaneras, GAD3 y Universidad de Valencia fueron las que mejores datos estimados ofrecieron. Durante aquél proceso electoral los sondeos consiguieron aproximarse mucho a los resultados del Partido Popular, siendo así que todas las preelectorales dieron a la suya como lista más votada, pero con horquillas muy dispares. Aunque el error común de todos los sondeos públicos pre-navideños consistió en no saber predecir la gran recesión de Ciudadanos en beneficio de Podemos, el gran triunfador de aquélla histórica jornada. Tampoco los pronósticos del CIS consiguieron ser mínimamente próximos a la realidad. Con estos precedentes se puede sentenciar con simpleza la dificultad de resaltar la estimación en intención de votos en Partidos Políticos de nueva cuña que no acumulan experiencia alguna en legislativos, ni tampoco en instituciones públicas o en gobernanza que no vaya más allá de entidades municipales. El desacierto más torpe de diciembre, todo un despropósito, fue la pronunciada inflación augurada a los colegas de Albert Rivera.

En junio nos volvimos a equivocar, acumulando un nuevo desliz en este inédito sistema de partidos de pluralismo moderado. En definitiva, si las encuestas se equivocan, y el recuerdo es difuso (lo fue tanto en municipales y europeas) para los nuevos partidos, el cálculo de estimaciones y su metodología se hace relativamente difícil. Como quien estrena botas nuevas, hay que tener paciencia hasta ajustar la horma. Quizás fue eso, la inexperiencia, o quizás los ciudadanos no hemos sabido ser todo lo sinceros que deberíamos en respuesta a estos sondeos. Nuevamente me refiero a la cultura política. Del 26J se habla mucho, sobre todo del sorpasso que pudo y no fue, pero también del denominado voto oculto.

El voto oculto sesga y destruye cualquier intento de constructo demoscópico. Los que rehúsan a responder a estos cuestionarios (NS/NC), los que simplemente mienten y aquellos otros que deciden no desvelar su intención directa de voto. Las “cocinas” de las encuestas electorales, una vez más, no han sabido mitigar dicho sesgo. El muestreo de los diferentes estudios ha demostrado ser metodológicamente representativo, pero ni aun contando con la estabilidad que ofrece la relativa estabilidad del voto español y su predictibilidad, los analistas podían acreditar desde la “accountability” (en función de su labor anterior, una de los cometidos de las elecciones es castigar o premiar a los partidos, es decir, fiscalizarlos) en semejante triunfo del Partido Popular. Este maquiavélico sistema electoral (me gusta insistir en que no existe un modelo perfecto a medida de nadie) ha sido extremadamente bondadoso con ellos: 699.220 votos más (un 4,32% más de los votos emitidos) que en 2015 y que bien le ha valido 14 escaños a la formación de Mariano Rajoy.

Después de tantas previsiones volvimos a fallar. Y España no fue diferente, el bipartidismo seguía ahí, incluso revitalizado (PP y PSOE acumularon el 55,69% de los votos frente al 50,73% de diciembre). El sorpasso quebró y el aclamado asalto a los cielos de algunos tendrá que esperar. Durante toda la campaña se intentó polarizar al máximo la competición electoral intentando barrer de un soplido el terreno electoral del centro. Esto provocó mucho miedo en campaña. Se ha hablado en este sentido de voto prevaricador, un fenómeno vergonzante para una sociedad en plena maduración democrática que parece olvidar paulatinamente el sentido de la ética y la responsabilidad democrática de la ciudadanía. Se hizo válido aquello de “más vale lo viejo conocido” y un amplio sector del electorado olvidó sus principios para volver a entregar el voto a un partido cuya red está endémicamente cuajada (según las sentencias judiciales) por la corrupción. De paso, fulminaron las cuotas de Ciudadanos, los más damnificados dentro del nuevo tablero político. Incluso el caso Fernández Díaz al cierre de la campaña tampoco serviría. Una más que larga mitad del electorado español (la participación alcanzó el 69.84%) entregó su mandato el domingo y dejó claras evidencias: España no quiere ningún cambio.

Frente a la continuidad, el cambio, si algún día llega, pertenece al futuro. Concretamente a nuevas demandas de nuevas generaciones que ya no se adaptan a los esquemas clásicos. Un ejemplo: las políticas sociales que no funcionan; el desempleo, como cáncer que no desaparece, o el euroescepticismo, entendido como la falta de consenso de la unión que hemos generado, como unión económica sí, pero en ausencia de responsabilidad solidaria y comunión política. Las fórmulas de austeridad han desgastado mucho el sur de Europa, que hoy es más contestatario que nunca. Los tiempos cambian y con ellos la nueva relación de fuerzas políticas en el país, que se convierte en extremadamente compleja.  

Insisto en la idea de que los analistas fallamos porque tan sorprendente fue la súbita irrupción de Podemos en diciembre como su descalabro repentino (en votantes) que las encuestas no supieron evidenciar en junio. Los núcleos ideológicos fuertes de PSOE aguantaron fuertemente la envestida por la izquierda. Y es que a veces olvidamos cuan profunda es esta España llena de clientelismo político y de intereses locales que, aunque legítimos, se olvidan de las grandes demandas globales que este mundo transnacional nos convoca y que sólo parecen entender en las grandes aglomeraciones urbanas, quizás más conectadas con el contexto internacional. Para los socialistas, lejos de los lamentos por los peores resultados de su historia democrática, existe el suficiente orgullo de haber evitado cualquier tipo de adelantamiento que les relegase a ocupar la tercera fuerza en el Congreso.

De cualquier modo, la algoritmia y la aritmética postelectoral va a facilitar mucho las cosas al bloque de centro-derecha. Se ha marcado un camino claro a seguir para la socialdemocracia española: la oposición. Pese a que la pelota vuelve a ocupar el tejado del PSOE, de esta vez queda claro que será más oportuno ceder y repartir el pastel sin rechistar de cara a un electorado un tanto confuso y cansado. Nadie querrá invocar nuevamente el artículo 99 de la Constitución después del inicio de esta legislatura que se nos viene, quién sabe con qué Presidente del Gobierno. Queda por comprobar si de esta vez efectivamente el Congreso vuelve a su función clásica y retoma ese carácter de contrapoder eficiente debido a este nuevo sistema de partidos.

Pese a todo lo expuesto, que emerjan preferencias políticas nuevas cargadas de esperanzas (que no de hechos) es ya todo un logro. Que la tendencia de los vetustos sea irremediablemente a la baja, propiciando un nuevo terreno de juego cada vez más fiscalizado y libertador, es ya, no cabe duda, toda una victoria. Lo conseguido hasta aquí es más que suficiente, aunque el derrotismo de muchos no permita apreciarlo.

 

Jesús Mesa Montero
Analista Político.

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