Opinión. 'Y el no fue un medio sí'

Han sido 315 días en funciones. 315 días quijotescos los de vaivenes esperando que nuestro sistema político cuaje y madure. Nada es para siempre y dicho dogma había de interpretarse también en el modelo turnista. Por fin tenemos fumata blanca en el hemiciclo. Y la mayoría quedarán tan contentos, porque este desaguisado, claro, tenía que ser gobernado tarde o temprano.

 

 

Lo que no se ha entendido es que el denominado “bloqueo” al que nos vimos sometidos, no era más que un síntoma de una leve (pero destacable) recuperación política que se viene. Aspiraban los amenazantes con terceros comicios navideños a que las connotaciones negativas asumidas por la mayoría ante la obstrucción parlamentaria permitiesen acelerar las cosas, para que todo quedase como hasta la fecha. Y así ha sido. Pero la realidad irrenunciable es que, con el paso de las generaciones y el aumento paulatino (no del todo exitoso) de la cultura política española, florecen nuevos métodos de entender la vida pública y por consiguiente, la praxis política. Un nuevo paradigma alejado de la profesionalización banal partidista, que penetra las instituciones vigentes y tan próximo al pueblo (otros dirán aquí populismo), como la manifestación de ayer al Congreso.

Tal y cómo la crónica de una muerte anunciada, el guión de la sesión de investidura, apresurada, no dejó espacio para sobresaltos. Basta con aplaudir el gesto del Pleno, conforme con todos los grupos parlamentarios, de guardar un minuto de silencio en contra de esa lacra social que representa la violencia de género. Lo demás, intervenciones insípidas y protocolarias propias del aparato cameral antecediendo la decisión ya conocida. En este escenario, los protagonistas fueron otros, apartando los focos de un Rajoy continuista que, ya de facto, nunca ha destacado por su carisma. Cada cual jugó su papel sin salirse mucho del tiesto, aunque cabe mencionar la pertinencia con la que el señor Rufián porfió la honestidad socialista, así como la comparecencia de Sánchez, que no se rinde.

Las conclusiones extraíbles son, grosso modo, sencillas: metamorfosis en el sistema partidista, primera investidura que bien ha hecho sufrir a un monarca que se estrena en esto de proponer ejecutivos, gobierno en minoría que no repartirá carteras, oposición disputada y mayorías absolutas que dejan de ser la norma para convertirse, en adelante, en la excepción. Bienvenidos al tablero político de los grandes pactos, la accountability firme y las coaliciones heterodoxas. El electorado es, por lo general, imprevisible, volátil y crítico; pero los partidos, en su lógica, son siempre una constante sistemática. Vamos a repasar en qué situación parte cada grupo desde la casilla de salida de esta legislatura:

Partido Popular. Partido del establishment europeo. Defendiendo a capa y espada el Pacto Fiscal y el techo de gasto les ha ido muy bien, ganándose una mención de honor ante el club de acreedores vecinos. El cinturón apretó con demasiada fuerza, y mientras ahoga el austericidio encubierto, se han perdido muchos derechos sociales. No mejoramos ni en las cifras sociales ni en las de empleo, y empecinadamente se ofuscan con esconder las vergüenzas de la corrupción heredada.    

Su líder, Mariano Rajoy, lo tuvo fácil. Sorprendiendo a propios y extraños, el voto prevaricador y asustadizo de la parálisis institucional le dio la reválida. A tal efecto se asesoró y actuó consecuentemente: no hizo nada. Y es que en esto de la política, en ocasiones, la ausencia de acción es la mejor estrategia, dejando que tus enemigos se desplumen y entierren unos a otros. El partido tiene el viento a su favor en la UE, y se han ganado un crédito importante en los perímetros empresariales y de grandes corporaciones. Su discurrir se debate en un género de buffet libre entre el conservadurismo y el neo-liberalismo. Y convencen, ahí están las cifras: lideran los resultados electorales desde 2011.   
Han demostrado ser inoperantes en muchos casos en los cuales el gobierno popular no ha comparecido. Es cierto, hay muchas cosas que hacer y demasiadas asignaturas pendientes, pero ni Rajoy ni su grupo tienen las claves para hacerlo. Rajoy tampoco puede actuar, como mencionó en su discurso de investidura, en nombre del interés general que dice representar. Su candidatura encarna una oportunidad ajustada a quien le va bien, o quien sencillamente tiene miedo, o quien bien demanda una solución reaccionaria ante lo que se pronostica.

PSOE. Como sostuve en no una, sino dos ocasiones, tuvieron la pelota en su tejado. Pero fue Susana y su plebiscito los que marcaron un gol desde su casa. Pedro salió por la puerta trasera, pero cortésmente, con clase, sentando las bases de lo que parece una reconquista interna. Él mismo asumió parte del liderazgo en la jornada de investidura, porque lo hicieron mártir. Y desde entonces levanta la mirada para encarar su campaña.

Años de historia del PSOE no se merecen este ridículo del imperativo de la disciplina de voto. Se desangran dicen. Una brecha abierta entrelíneas con díscolos que probablemente queden apátridas en una cámara que ya de por sí está muy revuelta. El “no” seguirá siendo “no” en todas partes menos para el socialismo español que, poco atrevido con el paradigma venidero, se enclaustró en una dicotomía difícil de resolver.

Pierden legitimidad porque han roto los principios básicos del gobierno representativo (modelo en el que nos movemos, basta de percepciones intricadas jugando con el término “democracia”), que consiste en trasladar el mandato de tu electorado a las instituciones de representación política. Y eso Sánchez lo supo expresar muy bien en su despedida, acercándose a los socialistas de corazón que abogan por modelos de participación política más vanguardistas. Veremos en qué acaba esta dualidad que genera demasiado recelo en Ferraz.

Ciudadanos. Llegaron, vieron, pero no vencieron. La política de pactos está a la orden del día entre los seguidores de Rivera, y a buen seguro que el precio por sus 32 escaños ha sido caro en término de sillones y altos cargos que han de repartirse. A fin de cuentas, siempre han sido los que más ansias acumulaban por poner en marcha la legislatura, si tenemos en cuenta que su ambigüedad y transversalidad pueden llevarles prontamente al camino de la insolvencia.

Tanto es así que dieron la mano a uno, y luego a otro, sin miramientos. Ambos casos en vano, quedándose fuera del gobierno. La dulce coyuntura de la fragmentación en el voto les ha permitido disfrutar de unas cuotas de representación inimaginables. Aunque ocupar el espacio ideológico de otros conlleva el peligro de ser expulsado a la más mínima ocasión, particularmente cuando los partidos tradicionales recuperan la confianza perdida por un electorado fiel. Muy probablemente, la alternativa naranja no pueda afianzarse de manera permanente en el panorama político nacional, entre otras razones, porque su constructo discursivo vende la misma oferta de consenso e interés general de otros. Y también porque han venido a recuperar un fallo en el mercado electoral que los dos grandes están resolviendo de manera progresiva.

El apoyo del partido a la “antigua política”, más allá de su particular cruzada contra las corruptelas, ha determinado por asociarles ampliamente con una fracasada candidatura regeneradora de la conducta política. Este es el costo que están pagando por querer abanderar su mayor logro: dar fin al “bloqueo”. En todo caso, la historia de Ciudadanos es la de un partido que nació para disputar su guerra en Cataluña pero que quiso emanciparse y las cosas salieron de manera mediocre, rozando el protagonismo a ratos gracias al perspicaz rendimiento de su líder en la democracia de audiencias.  

Unidos Podemos. Tienen un jaleo interno difícil de gestionar, pero éste forma parte de los complicados engranajes que caracterizan a formaciones políticas horizontales y participativas. Muchos son los que coinciden en señalar a la dirección como el mayor problema de esta coalición electoral. Existe una asimetría muy potente entre la cabeza visible de Podemos en Madrid, y el resto de sus correligionarios repartidos por el Estado. Lo relevante es que todos juntos, de momento, siguen sumando. Hecho inverosímil en la izquierda española.  El partido no sólo se ha institucionalizado (primer objetivo en la lista de deseo de los nuevos actores políticos) sino que ha llegado al tablero político para hablarle de tú a tú al arcaico socialismo español.

Ahora toca ponerse a trabajar, como recordaron a Iglesias durante la investidura. Se auparon con la gran recesión y ésta sigue dando rédito. A medio plazo no se prevén debates en torno a la sustitución del Secretario General, pero sin duda este asunto será recurrente por la agenda mediática para desestabilizar y alejar la atención de lo que realmente importa: que unidos Podemos es hoy un serio candidato a convertirse en un contrapoder estable e institucionalizado.

En todo caso, el nuevo Presidente del gobierno se enfrenta a un entorno opositor amplio, donde la formación morada compartirá (y disputará) el protagonismo con el PSOE. A fin de cuentas, la realidad sugiere que ambos partidos están condenados a entenderse en el corto plazo. No parece un camino difícil, comprometido o inexplorado, basta con mirar a nuestros vecinos lusos.

Grupos minoritarios. El protagonismo de los nacionalistas en escenarios fragmentados como el actual se multiplica, sirviendo en muchos casos de “partidos bisagra” para determinadas coaliciones gubernamentales. La cuestión de las secesiones y la inquietud ante la controversia territorial del Estado se agudiza y se acompleja.

Nadie puede considerar a Rajoy ni con fuerza, ni con energía para gestionar estos conflictos. La estrategia de no hacer nada, en este caso, sólo puede agravar al enfermo. Es necesaria una elevada madurez política para enfrentar asuntos como el de la integridad territorial del Estado, que conforma una de las muchas asignaturas desdeñadas por un gobierno conservador.

Con una tan exigua minoría, pretender dar imagen de cambio de ciclo e inicio de diálogo para explorar posibles vías no le puede funcionar a un PP que durante años ha estado tan alejado de éste y otros muchos dilemas.  Se inaugura una legislatura sui géneris con un formato intenso, estéril y efímero, donde los “noes” parecen vulgarmente “síes”.

Jesús Mesa Montero
Politólogo.

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