La evolución de la consciencia

Un artículo de Juan Pedro Viñuela

“Raros son los que han subido a la cumbre de la montaña. A menudo viven solos y desde esa perspectiva perciben el mundo que los rodea. Constituyen un ejemplo de que la montaña puede escalarse. Algunos viven vidas activas, recibiendo visitantes, otros acampan y no atraen la atención hacia sí mismos”. Mariana Caplan.

“Todavía son más raros los que, habiendo alcanzado la cumbre de la montaña, descienden y viven una vida en constantes ascensos y descensos, ayudando a los demás a atarse las botas, llenando botellas de agua para ellos, echándoles cuerdas, sosteniéndoles en los desniveles, escalando colinas, animándoles a seguir en los momentos de desánimo. Nunca se detienen a descansar, pues están siempre guiando a la humanidad para subir la montaña”. Mariana Caplan

Ha habido una evolución del homo sapiens en la medida en la que ha habido una evolución de su consciencia. Pero esa evolución, de forma muy simple, podría verse en el eje de coordenadas. La línea vertical indica la evolución del individuo y la horizontal la evolución de la humanidad. Hemos ido, evolutivamente hablando, del estado arcaico en el que nos sentíamos en unidad con todo lo que hay, pero no éramos conscientes de esa unidad. Estábamos en la no dualidad, pero no éramos conscientes de ello. Digamos que todo el proceso es una salida de casa para volver a casa.

Por eso todos los mitos fundantes indican un gran viaje de ida y vuelta, un regreso, una búsqueda del hogar. Los tenemos en todas las tradiciones, en la nuestra tenemos la Odisea de Homero y Ulises como protagonistas. El héroe representa al individuo y a la humanidad en ese gran viaje filogenético en el que se encuentran lo biográfico y lo histórico. Y hay una parábola en los Evangelios, que, a mi modo de ver, es la parábola de las parábolas, que es la del hijo pródigo. Es la metáfora de la salida de la identidad para llegar a la escisión total, al momento máximo de separación que conlleva al máximo sufrimiento y soledad. Y luego está el camino de retorno al hogar y el gozo del padre que recibe al hijo que se había perdido. Toda una alegoría llena de matices, lecturas y que es interminable en su comentario. También tenemos el famoso mito o alegoría de la caverna de Platón en el que hay una salida de la caverna, que es el mundo de las apariencias, el engaño, el error, por tanto, no hay ni verdad, ni belleza, ni bien, ni justicia. La salida es difícil hasta que se llega al mundo exterior. Ese mundo es el de la verdad, el bien, la belleza, la justicia, el orden armonioso matemático…pero hay que volver con los hombres, como ocurre en las pinturas del pastor de bueyes en el budismo zen (hay que volver a la plaza), la iluminación, el conocimiento o la liberación, no terminan en la propia liberación, sino en el mundo de los hombres y, con la presencia del sabio liberado e iluminado, producir una revolución en los demás, por contacto, por ósmosis…que es el fin transformador de la iluminación.

Entonces en la línea vertical se pueden representar los estados de consciencia por los que se pasa individualmente, no necesariamente, claro. Este eje indica que algunos hombres han pasado todos estos estados, desde el arcaico hasta los estados sutiles de consciencia o no duales. Ahora bien, el hecho de que ello haya ocurrido y de que haya personajes de un grandísimo impacto en la humanidad, como Sócrates, Buda, Jesús, Lao Tse,…implica que se puede llegar a esos estado y son millones, la mayoría desconocidos, los que lo han logrado. Ahora bien, a nivel histórico el desarrollo va impulsado por esos grandes hombres y por la propia materia, o desarrollo material de la historia. Hay una dialéctica entre el espíritu y la materia, que en realidad son expresiones de lo mismo y muestran la salida y la vuelta al hogar, y la historia como producto y resultado de la interacción entre la materia y el espíritu. Y, a su vez, la historia interactúa en el espíritu y la materia hasta la vuelta a casa o hasta que la humanidad alcance, en tanto que humanidad, el estado de liberación o de consciencia no dual. Hay que tener en cuenta, aunque no es el tema aquí, que la no dualidad no es la identidad, sino el no dos, o, como dicen los hindúes, neti, neti (ni esto, ni lo otro)

Pues bien, podemos decir que, desde el Neolítico para acá, desde que surge y alcanza su pleno desarrollo hasta ahora, desde el punto de vista material pueden haberse producido muchos cambios, pera la humanidad, en tanto que tal, sigue siendo igual, sigue estando en el mismo nivel de consciencia. Eso sí, durante todo este tiempo, unos ocho mil años han surgido grandes hombres que han revolucionado la consciencia humana, que han alcanzado esos estados sutiles o no duales de consciencia y que sirven como ejemplo a la humanidad, aunque la humanidad, en su conjunto, vaya a un ritmo más lento. Podemos decir que el estado de consciencia de la humanidad, y nos sirve para explicar, en términos generales, la historia, se encuentra en un estado de consciencia que podríamos denominar, siguiendo a Ken Wilber, “egótico-pertenencia y, por ende, excluyente”. Hemos conquistado el yo, una gran conquista que nos diferencia de los demás, que nos da identidad, que nos proporciona autoconocimiento y que nos ofrece las virtudes o emociones de la curiosidad, la admiración…y todo ello ha dado lugar a la ciencia, la filosofía, el arte, el derecho, la ética…Pero también el yo tiene su lado oscuro y es que produce un fenómeno de separación, de ruptura con los demás y con la naturaleza, es lo que podemos llamar el estado egótico del yo; y es ese el estado que debemos trascender en lo transpersonal o, si lo prefieren, lo espiritual. Ese estado es autodestructivo y excluyente, produce miedo, agresividad, fanatismo, violencia, deseo y sufrimiento. Pero, curiosamente, la sabiduría de milenios, la llamada Sabiduría Perenne, ha ofrecido una vía de trascender ese estado al que muchos hombres han llegado de forma individual y algunos de ellos, como señalábamos antes han influido en la humanidad de una forma determinante. Lo que ha sucedido es que sus mensajes se han institucionalizado y no han dado lugar a un movimiento espiritual, o este ha sido minoritario y, en muchos casos, en Occidente, por ejemplo, aplastados y resulta que en Occidente es donde más se ha desarrollado el espíritu egoico-pertenencia y, además, es la cultura occidental la que desde el Renacimiento se ha globalizado. Por tanto, nos encontramos el mismo estado de consciencia, ahora mismo, en toda la humanidad. Nos encontramos la misma civilización global, que se sostiene y alimenta por ese estado de consciencia. De ahí que la transformación social tenga que venir de un cambio en la consciencia del individuo. Pero no un cambio impuesto desde fuera, sino de un cambio que viene desde dentro, voluntario. Una revolución interior que producirá la revolución exterior o social. No se trata de cambiar las instituciones, mientras que la consciencia del que las habita siga siendo egoísta y no se instale en un nosotros, sino en un yo excluyente del otro porque lo considera peligroso por el mero hecho de no ser de su identidad, por lo demás, una mera construcción arbitraria, sino de que el individuo, por sí mismo, se transforme, se produzca una metamorfosis alquímica en su interior, muera su antiguo yo para acceder a un estado de consciencia más ampliado en el que el nosotros, e, incluso, el todos los seres sintientes, sean uno, pero diferenciados; porque la evolución de la consciencia no es un eliminar lo anterior, sino una integración. La prueba y el límite lo tenemos en el cerebro. Nuestro cerebro funciona fragmentariamente y es producto de la evolución biológica. Ahora bien, por un proceso de educación y autoindagación podemos hacer que funcione integradamente, desde el cerebro reptiliano hasta el neocórtex frontal, y al unísono.

De ahí que la revolución que tenemos pendiente es la de nuestro interior y el mensaje lo tenemos desde hace milenios, desde lo que Jaspers llamó época axial (desde el siglo VII a d C. hasta el siglo I) a la que hay que sumarles otras conquistas ético-políticas que se han ido haciendo a lo largo de los siglos. De lo que se trata es de trascender nuestra consciencia egótica, pero esto no es un trabajo exterior, lo cual no implica la no acción en el mundo, sino la acción sin reacción, el wu wei, que llama Lao Tzse y el Taoísmo, es un trabajo interior que afecta al exterior revolucionariamente. Es una auténtica revolución, la mayor que jamás haya existido.  

Voy a mencionar sólo algunos pasos de esa transmutación interior, de esa metamorfosis alquímica que la llamaría Jung o de esa transmutación de los vicios en virtudes gracias al toque de la piedra filosofal de lo que el filósofo judío, de origen español, Spinoza, llamaba conatus (permanecer en el ser; pero permanecer en el ser es posible gracias a la Alegría de ser y al Amor de sí o amor propio)

Me centro en tres cosas, que no voy a desarrollar, pero que son requisitos imprescindibles para pasar a una consciencia transpersonal y abandonar o integrar el yo de una manera sana y en provecho del todo. En primer lugar, tenemos que conquistar la racionalidad. Y esta consciencia racional es la capacidad de explicar lo que hay y a nosotros mismos por la razón, una razón amplia, no instrumental, como es el concepto de razón que utilizamos hoy en día (razón científica, utilitaria y mercantil) La razón es la capacidad de explicar el mundo y a nosotros mismos por leyes necesarias. Eso nos hace independientes del poder que se basa en el miedo. En lugar de miedo a la naturaleza y al otro, lo que sentimos es admiración. Esta razón es el origen del conocimiento en el sentido más amplio y que nos lleva al siguiente estado de consciencia (no se olvide que se van integrando, un yo irracional está sometido a la tiranía del poder y a la del miedo, con la razón nos liberamos de esto) que es el de la autonomía o libertad. Si podemos explicar el universo por las leyes que lo rigen y a nosotros, como universo que somos, por las mismas leyes, pues nos sentimos liberados de las explicaciones basadas en la superstición o en el poder de la fuerza. Por tanto, ya no estamos escindidos, no sentimos miedo, al contrario, sentimos amor y admiración por todo lo que hay y, si profundizamos, nos sentimos naturaleza, nos sentimos uno con el Cosmos (orden en griego) Es un paso hacia la consciencia no dual. Es un paso hacia la consciencia transpersonal o el nosotros. Si no somos racionales, no somos libres y, si no somos libres, mal podemos eliminar el miedo al otro. Lo veremos siempre, en lugar de como un igual, como un enemigo. Y si eso ocurre no podemos trascender hacia el nosotros.

La autonomía que nos da la razón nos lleva a la libertad. Ambas nos llevan a la consciencia de pertenencia al cosmos y al estado emocional de la ausencia de miedo y, si no hay miedo, hay alegría. Esta es la famosa transmutación alquímica. Las emociones no se pueden negar, no se pueden excluir, están ahí, pero se pueden trascender y, para ello, es necesario el amor. Pero no hay amor si hay miedo, por tanto, para eliminar el miedo hemos de ser capaces de pensar por nosotros mismos, la causa, como señalaba Kant, de no pensar por nosotros mismos, es la pereza y la cobardía (el miedo) Si pensamos por nosotros mismos, si nos atrevemos a saber más allá del poder arbitrario, entonces seremos libres, siendo libres lo que hemos conseguido, no es sólo la posibilidad de una libertad política, sino la autoliberación de todo aquello que nos aferraba a nuestro antiguo yo que se apoyaba en el miedo y por eso producía: celos, envidia, odio, agresividad… Escisión y separación, en suma. Pero la libertad nos lleva, no sólo a la autoliberación, sino a la consciencia de la igualdad, todos somos iguales. Como dice Shantiveda en El camino del Bodhisatva, pero esto significa mucho. Si todos somos iguales a lo que nos referimos es a que somos iguales en nuestra esencia, no en nuestra apariencia biográfica. Y esa igualdad viene definida por nuestra naturaleza.

Somos iguales, siguiendo a Shantideva y El camino de Bodhisatva, porque todos sufrimos (insatisfacción), miedo al dolor, la enfermedad y la muerte, pero todos queremos ser felices. Claro, si esto es así, pues resulta que, si nos hemos liberado por medio de la racionalidad del miedo del otro, entonces, y desde una base estrictamente biológica, que es la condición de posibilidad de que se dé, pues podemos acceder al otro por la Compasión (cuidado, no lástima) que es, primero, sentir el dolor del otro, la empatía es la condición de posibilidad biológica y psicológica, y, segundo, puesto que todos somos iguales, ser el otro. Cuando siento el dolor del otro, tengo la capacidad de sentirlo porque yo tengo su mismo dolor; pero claro, lo que nos impide este salto de consciencia, que daría lugar a la Paz, es los muros que construimos desde nuestro yo egótico cargado de miedos, para protegernos del otro, cuando en realidad, no es que seamos Uno, sino que dentro de la diversidad en la que el universo se expresa hay una unidad que es la unidad de la propia armonía del universo. Y en el caso del hombre esa armonía es la toma de consciencia de que, en realidad, no somos un yo, sino un nosotros. A esto se le llamó en el Budismo: Compasión, en el cristianismo: el Amor al Prójimo, incluido tu enemigo, en la filosofía estoica, cosmopolitismo y en la revolución de la Ilustración, Fraternidad. Pues bien, todo esto que acabo de describir es un plan de acción transformadora interior que produciría un salto cualitativo en la Historia, una revolución. Por otro lado, si esta ampliación de consciencia a lo transpersonal, que abre las puertas a los estados no duales y sutiles de consciencia, no se da, pues la humanidad ya no es viable, se transformará probablemente a través de la IA, y de la ingeniería genética o bien se reducirá por hambrunas, exterminios, grandes catástrofes naturales, a unos pocos millones de habitantes. Entre esos dos polos hay un gran abanico de posibilidades absolutamente impredecibles. Por otro lado, la transformación de la consciencia de la humanidad en el sentido de trascender el estado egoico para pasar a los estados de consciencia de la libertad, la igualdad y la fraternidad (el nosotros transpersonal) tampoco garantiza la supervivencia de un gran número de personas. No obstante, esto excede esta exposición, así como la propia evolución de la consciencia. Hay muchas cosas que no hemos dicho y una de ellas, para terminar, es que cuando se alcanza el nivel transpersonal nos situamos en el amor incondicional y en ese amor como estado de ser en el mundo, la dualidad se disuelve, fluye; y el bien y el mal ya sólo son conceptos gastados del yo egoico. De ahí que San Agustín dijese aquello que me costó cuarenta años comprender y vivenciar ocasionalmente: “Ama y haz lo que quieras.”


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